Miguel Ángel Dionisio

El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


Judíos y conversos

29/11/2023

El otoño, junto a la hermosura de los paisajes, nos trae otro tipo de belleza, la de las exposiciones artísticas que suelen enriquecer el panorama cultural del final del año. La proximidad a Madrid nos permite disfrutar de las que los museos de la capital nos ofrecen en estos días. Entre ellas, hay una que creo vale especialmente la pena, tanto por la riqueza, variedad y calidad de las obras expuestas, como por la reflexión que nos invita a realizar. Me refiero a la que titulada El espejo perdido. Judíos y conversos en la España medieval, en colaboración con el Museo Nacional de Arte de Cataluña, ha organizado el Museo del Prado, aprovechando la gran cantidad de piezas, excepcional en toda Europa, que recogen la visión cristiana sobre judíos y conversos, testimonio de la peculiar situación que vivían los reinos hispánicos al final de la Edad Media.
El arco temporal abarca desde 1285 hasta 1492. El título evoca la diversidad de miradas que en relación al pueblo judío, y a partir de los pogromos de 1391, a los conversos -los 'cristianos nuevos'- tuvieron los cristianos viejos de los reinos de Castilla y Aragón. Más de setenta obras, entre pinturas, esculturas, manuscritos, orfebrería y estampas, procedentes de museos, archivos, bibliotecas, tanto públicos como eclesiásticos o de coleccionistas particulares, que permiten analizar, desde diferentes enfoques, la compleja diversidad de la España bajomedieval. Podemos contemplar desde las maravillosas miniaturas de las Cantigas de Alfonso X el Sabio hasta las espléndidas tablas que Pedro Berruguete pintó para el convento de Santo Tomás de Ávila, en las que se reflejan vívidamente la labor de la Inquisición tras su instauración por los Reyes Católicos. No falta una referencia al caso del Santo Niño de La Guardia ni al proceso que tuvo lugar en torno al mismo.
Pero la exposición no sólo evoca tiempos pasados. Cuando en nuestro entorno parece que rebrota un antijudaísmo que creíamos superado tras los horrores del siglo XX, cabe plantearse el porqué de este hecho. La conflictiva geopolítica de Oriente Próximo, mucho más compleja de lo que los análisis de brocha gorda que solemos escuchar en los medios permiten atisbar, ha contribuido a ello. Pero no sólo. Viejos prejuicios, estereotipos hondamente arraigados, parecen hacernos olvidar nuestra profunda imbricación en el mundo hebreo. Porque Occidente está construido sobre el fundamento de tres ciudades, Roma, Atenas y Jerusalén. Porque el cristianismo brota, teológica e históricamente, de la promesa a Abraham. Porque Jesús de Nazaret, la Virgen María, San José, los Apóstoles, son judíos. Porque Sefarad, con toda su tradición, es inseparable de nuestra cultura española.
Toledo, más allá del mito de las tres culturas -lo que hubo en nuestra ciudad, conviviendo mejor o peor, según los casos, eran tres religiones-, es reflejo histórico de esa complejidad. Y símbolo de que es preciso conocer, comprender y aceptar al otro.
Mirarnos, como invita la exposición, en su espejo.