EL TIEMPO Y LOS DADOS

Manuel Juliá

Periodista y escritor


Restos de un día feliz

13/04/2021

Hace mucho tiempo le pregunté a la diosa Felicidad que si me amaba, que si yo había venido a este mundo para pervivir en su regazo y sentir que el oxígeno intenso, la belleza de los árboles o el incendio azul del cielo eran el escenario preciso para sentir un gozo hermoso: disfrutar solo por vivir, solo porque el aire hinche los pulmones o porque el rojizo atardecer de la llanura llene de belleza el vacío de los ojos. 
Me pregunté muy pronto si la felicidad había que buscarla, por muy esquiva que fuese, o me toparía con ella de repente, un día, cualquier día, y llegaría a la conclusión de que la felicidad no es una búsqueda, sino un encuentro.
Quizá es ella la que te busca y solo tienes que esperarla, que llegará, me dije un día de cielo nublado como éste en el que no sabía por qué un ánimo de destrozo profundo me embargaba. Hemos nacido para el dolor, venimos con dolor y con dolor también nos vamos, me dije pero, en ese camino, hay árboles frutales, valles fértiles, estancias para el gozo que aparecen y a las que solo hay que acercarse y gozar lo que la providencia nos ha puesto enfrente. Hay que estar atento, nada más, y ser valiente para salir del camino y aventurarse en los recodos del tiempo. Encontrar otro espacio en el que el dolor, vencido se disuelve, y el gozo, ardiente, se aloja en las entrañas. 
Además, en ese espacio encuentras personas que, desde lugares distintos, han llegado, como tú, huyendo de su dolor para encontrar su alegría.
Y allí, en ese lugar nuevo, con una misma sensación, los que habéis llegado os abrazáis porque os comprendéis, os sentís guerreros de una misma batalla. También sentís que si estuvieseis solos en el fértil valle, el no compartir, os alojaría la zozobra en el pecho. Ese gozo lo sentí un día en una ciudad lejana, en un viaje de estudios, cuando cuatro amigos nos dijimos que nos amábamos, que estar juntos, en aquel momento, en aquel lugar, sin el agobio del futuro, nos producía un profundo gozo de ser, y que esa era la verdadera felicidad.
Aquel día encendimos una hoguera cuyas chispas, caminando por la memoria, aún siguen vivas. Incluso, fertilizadas por mi imaginación, se han convertido en fuegos que me alumbran cuando siento esa ceguera que produce la tristeza, esa sed de trascendencia que produce la ausencia de seres amados. Aquel día lo glorífico mucho más en esta pandemia, porque la soledad (que, como el colesterol, la hay buena y mala), y el confinamiento, han electrificado mi alma, y allí ese día se ha iluminado como una feria. Por eso, pienso, como decía Aristóteles, que la verdadera felicidad está en la actividad del alma, y agradezco a la diosa Felicidad que me lo haya mostrado.