El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


Nostalgia de la transición

30/09/2020

Sin duda alguna este 2020 será de esos años que marcan un hito en la historia de la humanidad. La irrupción de la Covid-19 ha sido un cisne negro que ha trastocado al planeta. Sus efectos aún no somos capaces de intuirlos, ni a corto ni tampoco a largo plazo. Posiblemente muchas cosas no volverán a ser igual. Otras, con el fluir del tiempo, regresarán, como un río salido de madre, poco a poco, a su cauce.
Uno de los países más afectados por la pandemia ha sido España. Más allá de las dudosas cifras oficiales, está la terrible realidad de tantos fallecidos cuyo número algún día sabremos. Pero no es el único drama que nos afecta. Junto a la sanitaria, se han sumado una profunda crisis económica, política e institucional, una conjunción que nos sitúa en el vórtice de la tormenta perfecta, que amenaza con arrastrarnos y arrasarnos. Estamos viviendo uno de esos momentos clave en la vida de los pueblos, en los que se decide el futuro, sin que ningún camino esté trazado de antemano, siendo posible cualquier cosa y su contraria, pues ni siquiera quienes imaginan que pueden controlar la evolución de los acontecimientos serán capaces de guiar las riendas de un caballo desbocado, como tozudamente nos recuerda la historia.
Con honda preocupación observo, pesimista, todo lo que está ocurriendo. Me duele profundamente el guerracivilismo sobrevenido que de nuevo se instala entre los españoles, la violencia verbal que se ha desatado, el odio que emponzoña las redes sociales, la intolerancia creciente. Se están cavando demasiadas trincheras y levantando demasiados muros, cuando lo urgente sería tender puentes. El adversario político  está deviniendo en enemigo, con el que no sólo no se transige ideológicamente, sino que, paulatinamente, también comienza a negársele el derecho a pensar distinto y de manifestar públicamente dicho pensamiento. El grado de brutalización de la vida pública, si bien lejos de alcanzar el de desgraciados tiempos pasados, va aumentando progresivamente, y puede llegar a hacerse insoportable. Se está rociando todo con gasolina, y la menor chispa puede envolvernos en un incendio que nos devore.
Por eso tengo una profunda nostalgia de la Transición, tan denostada. Con sus innegables sombras y errores, supuso un esfuerzo colectivo por superar los odios de la guerra civil, la mayor catástrofe de nuestra historia, en la que, más allá de la retórica de unos y otros, todos los españoles fueron víctimas. Hubo un deseo real de reconciliación, de mirar al futuro y construirlo juntos, fraternalmente, sin dejar que el pasado, por bien conocido no olvidado, supusiera un lastre para la convivencia. Resuena aún en mis oídos, entonces de niño, el “Libertad sin ira” de Jarcha,  himno de una generación que quiso ser generosa y superar más de siglo y medio de enfrentamientos, guerras y exclusiones, enterrando, por fin, las dos Españas fratricidas.
Urge recuperar el espíritu de la Transición. Nos jugamos demasiado.