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Miguel Ángel Dionisio

El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


Gonzalo Pétrez

18/05/2022

Quizá, tras leer el artículo que dediqué a su bellísima tumba en la basílica romana de Santa María la Mayor, les sea ya más familiar la figura de este extraordinario prelado medieval toledano, partícipe y protagonista del espléndido momento cultural, científico y artístico que fue el reinado de Alfonso X de Castilla. Un arzobispo, el primero de linaje mozárabe que, hasta que ese gran historiador que fue don Ramón Gonzálvez no redescubrió su auténtica personalidad, ni siquiera era llamado por su auténtico nombre, apareciendo en las listas episcopales como Gonzalo García Gudiel. Nacido en Toledo, en la colación de San Nicolás, tras ser deán y arcediano del templo primado ocupó las sedes episcopales de Cuenca y Burgos. Nombrado arzobispo de Toledo en 1280, rigió la sede de San Ildefonso hasta 1299, cuando llamado a Roma para rendir cuentas ante el papa Bonifacio VIII por el espinoso asunto de la consagración del obispo de Palencia, resultó tan convincente en sus explicaciones que el romano pontífice le nombró cardenal y obispo de Albano, si bien falleció al poco tiempo, siendo enterrado en el magnífico sepulcro al que me referí, aunque pronto sus restos fueron trasladados a la catedral toledana.
Don Gonzalo ocupó puestos muy importantes en el reino de Castilla, colaborando en la reorganización del reino de Murcia, tras su reconquista, y participó en la turbulenta vida política del momento, siendo fiel al Rey Sabio y después, leal colaborador de Sancho IV, al que coronó en el templo primado, y de la regente María de Molina.
Gran jurisconsulto, formado en París, parece que intervino en la codificación de las Partidas. Promovió las obras de la catedral, correspondiendo a su pontificado la Puerta de la Feria; se preocupó por la reforma del clero diocesano, dando diferentes ordenamientos sobre los clérigos, que trataron de corregir los mayores defectos existentes, entre ellos la ausencia de vocación verdadera, el no cumplimiento de la obligación del celibato y el absentismo. Reformó asimismo las estructuras parroquiales, reorganizando las parroquias urbanas de Toledo y asegurando, con sus disposiciones en las mozárabes, la continuidad del rito.
Junto a esto, su pasión por la cultura y los libros. Consta que mantuvo un taller de trabajo científico cerca de Toledo, en la finca que poseía en Alvaladiel. Era una explotación ganadera en la que existía una casa preparada para residir largas temporadas, especialmente acondicionada para la dedicación al estudio, con una gran biblioteca, mesas y escaños para estudiar, dos escribanías moriscas y otros elementos, que servían de ámbito de trabajo para un activo scriptorium de libros, cuya actividad en parte se dedicaba a realizar trabajos científicos. Había obras originales y otras trasladadas al romance; abundaban los libros de Derecho y traducciones del árabe, entre estas un comentario de Avicena a los libros naturales de Aristóteles.
Clérigo culto, hábil político, jurisconsulto brillante, mecenas artístico, apasionado por el saber. Toledano y mozárabe. Un polifacético y excepcional personaje.