Javier Salazar Sanchís y María Ferrero Soler

Cristiandad

Javier Salazar Sanchís y María Ferrero Soler


Consolad

08/12/2023

San Marcos no empieza su Evangelio contando el nacimiento de Cristo; empieza desde antes, desde que Isaías profetiza aquel «Una voz grita en el desierto: 'preparad el camino del Señor, allanad sus senderos'». Empieza con Juan el bautista predicando la conversión y bautizando con agua pero hablando de que detrás de él viene el que bautizará con Espíritu Santo.  Empieza desde aquellos que hablan de Cristo antes de que Cristo esté, desde aquellos que van preparando a los demás para que puedan mirar a Jesús de Nazaret y darse cuenta de que están ante Dios.
El Antiguo Testamento cuenta la historia de cómo Dios va preparando a los hombres para su llegada y para la redención. Va preparándoles, avisándoles, poniendo en ellos la capacidad y el deseo necesarios para acogerlo. No quiere hacer la redención de los hombres sin contar con los hombres y desde el momento de nuestra negación a Él –desde el pecado original- está fraguando la estrategia para seducirnos y reconquistarnos pero haciéndolo, además, a través de nosotros mismos. Cuenta con los profetas para ir explicando el amor de Dios y lo que va a pasar cuando Dios se haga hombre. Lo dejó todo explicado, aunque no cobró sentido ni se pudo comprender hasta que se desarrolló en Cristo. A través de personas preparó a las personas para que pudieran reconocerlo y acogerlo.
Ese el segundo domingo de adviento, consiste en eso, en fomentar el deseo de que llegue Jesús, de estar con Él, y, además, preparar al resto para que puedan reconocerlo y acogerlo. La primera lectura de hoy nos dice cómo: explicando a qué viene Dios. Y lo dice así: «Consolad, consolad a mi pueblo –dice vuestro Dios-; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle, que se ha cumplido su servicio y está pagado su crimen» (Is 40,1). A esto viene Dios, para esto se hace niño, y después hombre, para pagar las consecuencias de nuestra negación, de nuestra rebeldía hacia Él y así devolvernos la vida eterna que el hombre rechazó en el inicio. Viene con caricias, viene a curarnos las heridas, viene a consolarnos.
El mundo de hoy necesita consuelo, necesita que se le hable al corazón y sepa que ha sido perdonado de todo, que sus heridas tienen cura, que la mano maternal de Dios le acaricia con ternura, que todo está vencido. El mundo de hoy está cansado. Cansado de obtener cosas y seguir sintiéndose incompleto. Cansado de mediocridad. Tan cansado que el relativismo ha acabado por matar hasta a la filosofía pues se ha abandonado la búsqueda de la Verdad al contemplar que la Verdad no existe y depende de lo que cada cual crea que es verdad. En la era de la información, el hombre está tan cansado que está a punto de dejar de buscar.
Cada persona necesita consuelo. Al menos, yo lo necesito. La vida, si se la vive, provoca heridas, provoca cansancios, provoca oscuridades. Los errores nos autolesionan. La soberbia, la ira, el egoísmo, la pereza hacen mella y dejan al alma herida. Pero entonces Dios nos dice: «Consolad a mi pueblo, habladle al corazón». Consolad a mi pueblo.
Adviento es el tiempo del consuelo, de hablar a los demás al corazón y decirles lo que Dios nos ha dicho que les digamos: Dios viene para ti, por amor a ti, para secar tus lágrimas, para iluminar tus oscuridades, para restablecer tu sonrisa, para estar contigo, a tu lado, y poder estarlo para siempre. Acógelo, espéralo, búscalo. Porque desde el inicio de los tiempos ha estado preparando todo para llegar a ti.
Él es el consuelo. No nos dice «consuela a los míos diciéndoles 'ea, ea, tío qué se le va a hacer'», no. Lo que nos dice es que les digamos que Él viene. Ese es el consuelo del alma, eso es lo que restaura a las personas, lo que cura las heridas, lo que hace a alguien capaz de volar. Él es el consuelo. Él es la caricia: viene a abrazar.
Para avisar a los demás, para consolarles anunciándoles que Dios va a venir, tenemos que avisarnos también a nosotros mismos y prepararnos también a nosotros mismos. Tenemos que ser conscientes de que Él es el consuelo, de que Él viene. Está viniendo. Preparémonos para reconocerlo y acogerlo. Y gritémoslo por las calles: consolemos a su pueblo, hablémosle a su corazón.  
El profeta Isaías nos habla de un Dios que ama y quiere el consuelo de su pueblo sufriente. «Consolad, consolad a mi pueblo…» La Iglesia nos anuncia la venida de Cristo. Y Él viene para traer el consuelo, la paz, el gozo. Ese consuelo íntimo y profundo que sólo Él puede dar y que nada ni nadie puede quitar. El consuelo en medio del dolor y del sufrimiento. Porque Jesús, el Hijo de Dios, no ha venido a quitarnos la cruz, sino a llevarla con nosotros, a sostenernos en el camino del Calvario, a infundirnos la alegría en medio del sufrimiento. ¡Y todo el mundo tiene tanta necesidad de este consuelo! Este mundo que Dios tanto ama y que sufre sin sentido.
«En el desierto prepárenle un camino al Señor». Es preciso en este Adviento reconocer nuestro desierto, nuestra sequía, nuestra pobreza radical. Y ahí preparar camino al Señor. No disimular nuestra miseria. No consolarnos haciéndonos creer a nosotros mismos que no vamos mal del todo. Es preciso entrar en este nuevo año litúrgico sintiendo necesidad de Dios, con hambre y sed de justicia. Sólo el que así desea al Salvador verá la gloria de Dios, la salvación del Señor.
La mejor señal de que recibimos al Salvador, es el deseo de gritar a todos que «¡hemos encontrado al Mesías!» (Jn 1,41). Si de veras acogemos a Cristo y experimentamos la salvación que Él trae, no podemos permanecer callados. Nos convertimos en heraldos, en mensajeros, en profetas, en apóstoles. Y no por una obligación exterior, sino por necesidad interior: «No podemos dejar de hablar lo que hemos visto y oído» (He 4,20).
El Evangelio del segundo domingo de Adviento se centra en la figura de Juan el Bautista. San Marcos subraya fuertemente su carácter de mensajero y precursor: es como una estrella fugaz que desaparece rápidamente, pues está en función de otro –como subraya el inicio del pasaje: «Evangelio de Jesucristo»–. Su estilo recuerda al gran profeta Elías, que según la tradición judía debía preceder inmediatamente al Mesías. El evangelista se centra más en el anuncio de la persona de Jesucristo, que en su mensaje.
En el contexto del adviento, este texto nos orienta enérgicamente hacia Cristo, hacia el Mesías que viene como el «más fuerte» y como el que «bautiza con Espíritu Santo». La respuesta multitudinaria con que es acogida la llamada de Juan a la conversión es signo de cómo también nosotros hemos de ponernos decididamente en camino para acoger a Cristo con humildad y sin condiciones.
Juan Bautista nos es presentado como modelo de nuestro Adviento. Hoy sigue haciendo lo que hizo entonces para preparar la primera venida de Cristo. Ante todo, nos pide conversión. No podemos recibir a Cristo si no estamos dispuestos a que su venida cambie muchas cosas en nuestra vida. Es la única manera de recibir a Cristo. Si este Adviento pasa por mí sin pena ni gloria, si no se nota una transformación en mi vida, es que habré rechazado a Cristo que viene. Pero para ponerme en disposición de cambiar he de darme cuenta de que necesito a Cristo. En este nuevo Adviento, ¿siento, de verdad, necesidad de Cristo?
Juan Bautista se nos presenta como modelo de nuestro Adviento por su austeridad –vestido con piel de camello, alimentado de saltamontes…– Pues bien, para recibir a Cristo es necesaria una buena dosis de austeridad. Mientras uno esté ahogado por el consumismo no puede experimentar la dicha de acoger a Cristo y su salvación. Es imposible ser cristiano sin ser austero. La abundancia y el lujo asfixian y matan toda vida cristiana.
Cristo viene para bautizar con Espíritu Santo. Esto quiere decir que el esperar a Cristo nos lleva a esperar al Espíritu Santo que él viene a comunicarnos, pues «da el Espíritu sin medida» (Jn 3,34). Con el Adviento hemos inaugurado un camino que sólo culmina en Pentecostés y después en el cielo. ¿Tengo ya desde ahora hambre y sed del Espíritu Santo
Y no  tengo ni la más remota idea de cómo será el cielo, pero sé que cuanto más sea capaz de amar y entregar mi vida por amor a Dios, más podré disfrutarlo. Y no podemos quedarnos quietos esperando, necesitamos convertirnos cada día más al corazón de Cristo. Y con una vida fiel y entregada, que espera de verdad que el Señor llegue, entonces… Él vendrá detrás y hará maravillas que ni podemos imaginar. Juan Bautista no podía ni intuir lo que Dios estaba haciendo, pero preparó el camino de la redención. No dudes que en tu vida al servicio de Cristo y la Iglesia Dios va detrás, haciendo su tarea, que tu ni sueñas ni te imaginas y que supera con mucho tus planes y proyectos. Déjale hacer a Él siendo fiel.
Hoy se celebra la Inmaculada Concepción de María. Se celebra a nuestra Madre y patrona de España. Miramos a María y ponemos en ella nuestra fidelidad al plan de Dios, pidiéndole que proteja a nuestro país y que nos convierta en consuelo para todo el que se cruce con nosotros.

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