'Orlando' mítico con Haendel

Ilia Galán
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'Orlando' mítico con Haendel - Foto: del Real fotografia

Estúpidos decorados parecen ser montados a veces con pretenciosas intenciones contra ciertos cantantes. Así fue el caso en el estreno de esta interesante ópera. Un célebre barítono amigo me lo comentaba al oído, después de ver al héroe, Orlando, dentro de un retrete y dando cabezazos a un espejo hasta romperlo, para recrear su mítica furia, o cuando obligan a cantar mirando al fondo, en vez de al público, proyectando la voz. Los cantantes no paran de abrir latas de cerveza para engullirlas. Mi hija me susurró: "parece una promoción de cerveza." A lo que respondí: "diríase que no aguantan si no beben hasta emborracharse, para soportar la grosería de la escena." En el edificio giratorio, un borracho que apenas canta algo orina junto a una palmera, manchándose hasta el pantalón. Ambientado en Miami, junto a una playa, canta su ebriedad eructando con patético realismo. ¿Para esto vestimos elegantemente? El ritual quebrado por los que regentan la culta y "elevada" institución teatral. En un lado, una caravana-bar a donde a veces salta el héroe con metralleta... El texto italiano se muta o tal vez sean los típicos fallos de traducciones poco literales del Real. Palabras cantadas relatan que están en una gruta del bosque cuando suben o bajan las escaleras de los pisos del edificio, con enredaderas... No extraña que el equipo de esta producción propia, llegada del Theater an der Wien -escenografía, vestuario e iluminación- fueran en parte abucheados. Luces al estilo de fluorescentes de la casa, en las habitaciones de arriba, molestan con su fría luz a los que pretenden contemplar esas estancias medio rotas, desangeladas. Lo vulgar y grosero parece ser la moda de algunos presuntuosos y a la vez viejos modernillos que, además, repiten sin cesar modelos desde hace años, obligándonos a tristes bostezos. Haendel creó esta pieza porque las obras de estilo italiano comenzaban a aburrir a los espectadores, como hacen ahora los escenógrafos que ya no son rompedores sino sosos. Haendel buscó un argumento más poderoso, innovaciones orquestales y una reducción de los cantantes a cinco, con la presencia de Zoroastro, quien comienza reprochando a Orlando la obligación de escoger el honor -la guerra- antes que el amor, por el que está enloqueciendo.

Una casa contemporánea de hormigón nos recibe, pero en el garaje, para comenzar las escenas. No es el reino de Plutón, es un simple garaje. Nada nos impresiona con ello, con el coche a un lado, pues ya vemos muchos garajes en nuestros domicilios, para que tengan que meternos en uno cuando se relata una de las piezas más importantes del repertorio cultural, una excelente obra de Haendel, exquisita y bien estimada desde su estreno en 1733 por todos los entendidos, y que sirvió para realzar el teatro. ¿Acaso vamos a la ópera para ver habitaciones vulgares, con gran falta de buen gusto y para que nos metan en un garaje con un mendigo borracho? Pues así empieza, según lo comentaba Carmen Lomana, mientras el vino refrescaba mi seca garganta: "la ópera es también espectáculo", y eso esperamos, para salir de la vida cotidiana, en este caso. La grosera y vulgar representación y dirección de escena hacían que un ambiente de pretensiones pop apenas pudiera introducirnos en la fabulosa trama, ambientada con el gran Roland, para nosotros el mismo Roldán que moriría en Roncesvalles: Rolando en el monumental Orlando furioso que escribió Ariosto...

Al volver del descanso vimos que parte del público había huido, casi una cuarta parte, ¡qué lástima para tan buena música y excelentes cantantes!

Hacen muy bien en el Real al programar temáticamente textos que se reflejan, como este Orlando de Haendel con el Orlando paladino, de Haydn, divertidísimo. Hubo muchos libretos basados en el mismo héroe o en algunos personajes de este texto del Ariosto que también se cita en el Quijote con asombro: Francesca Caccini, Rossi, Lully, Albinoni, Alessandro Scarlatti, Vivaldi, entre otros. El mismo Haendel usó del Ariosto también en otras óperas: Alcina y Ariodante.

Christophe Dumaux resulta un Orlando brillante, cantante de moda, como lo demuestra en su voz, mutado en excombatiente de Vietnam que ha perdido la cabeza ¿por la guerra? La reina, Angélica, canta en la voz de la soprano angloaustriaca, Anna Prohaska con fuerza, algo destemplada a veces. Florian Boesch (Zoroastro) borda su papel y Giulia Semenzato se desvela como una Dorinda perfecta, brillante en su "Quando spieghi i tuoi tormenti", compitiendo con el ruiseñor simulado en el violín. Fue la más aplaudida. Muy bien también Anthony Ruth Constanzo como Medoro, aunque parece más femenino que la campesina a quien corteja, en sus maneras y modos de moverse, o tal vez sea una sutil alusión a políticas trans o similares, desde su excelente voz de contratenor, a modo de castrato.

El foso era lo que más reclamaba los ojos, pues el maravilloso Ivor Bolton sigue demostrando su maestría con arrebatada gesticulación, animándonos, mucho más interesante que lo que en escena contemplamos. Acaricia y mima la partitura, si bien se echó de menos algo más de brío. Carmen Lomana confesaba, como otros, que preferían cerrar los ojos para sumergirse en la obra, aunque para esto mejor sería hacer una versión en concierto y no tener que sufrir una más de estas producciones abominables.

Ahora bien, podemos disfrutar siete representaciones de esta maravilla musical del genio barroco.