Antonio Chenel 'Antoñete'

Antonio Pérez Henares
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El toreo era de izquierdas

Antonio Chenel ‘Antoñete’

La noche aquella en la que Antonio Chenel Antoñete apareció en el Bocaccio llevando del brazo a Charo López hubo a quien se le fue el whisky por el lado que no era, y el camarero que tuvo que hacer malabares para que no se le desplomaran las copas. Y mira que en Bocaccio pasaban gentes y se veían cosas. Pero aquella tarde fue muy grande, como la más redonda del maestro en la plaza de las Ventas y la mejor entrada en escena de la gran y bellísima actriz. Solo por verla mereció la pena el haber malbaratado tantas horas en aquel lugar que fue mítico allá por los 70 y los 80. 

 El Bocaccio fue el bar de copas madrileño más famoso, farandulero, político y precursor del nuevo tiempo. Allí se iba a beber y ligar, claro, pero también a conspirar, hablar de política, pillar cacho social, pegar hebra culta, buscar acomodos, conseguir papeles, cambiar de partido o perpetrar negocios.

 No es que fuera un local de izquierdas, pues iban de todos los pelajes siempre que tuvieran dinero. Pero fue al que empezaron a ir y a decir que lo eran, los rojos, que eran al principio y mayormente los del PCE (Partido Comunista de España). De los otros, hasta que luego en las elecciones resultó que la gente de izquierda voto PSOE, no había casi ninguno. El casi por ser generoso, que ese es el relato que fue el primero en falsearse y preludio de las Memorias (Desmemoria y Mentira) que nos han enjaretado y ahora pasan por excelsas verdades y heroicidades.

 Por Boccacio iban lo que se llamaba las fuerzas de la Cultura, o sea gentes del cine, del teatro, del periodismo, músicos, cantantes, escritores, pintores, abogados y hasta algún juez, que allí se juntaban con políticos de estreno, más bien los zocatos pero por donde iban los de UCD y se dejaban caer prebostes del mundo empresarial y de las derechas que no solo atisbaban lo que venía, sino que estaban también en el ajo. 

Pero ojo, no iba cualquiera, había que tener algo, fuera nombre, fuera cartera, poder o algún enganche. A Bocaccio, no entraba cualquiera. A uno, mismamente, un jovenzuelo por aquel entonces, las primeras veces me dejaban entrar sin tener que apoquinar la entrada por tan solo acceder, si preguntaba por algún amigo de renombre, asiduo y si él estaba dentro. Luego ya me fueron abriendo la mano y la puerta.

 Pero yo no voy a contarles Bocaccio y su fauna, eso daría para varios libros y para 15 folios de nombres famosos. Bastará decir que si no se había ido alguna vez por allí, es que en Madrid no eras nadie ni intentabas dejar de serlo.

 Lo que quiero decirles con lo de Antoñete y Charo López, es que entonces la izquierda no solo es que fuera taurina sino que el toreo era de esencia y clase, de izquierdas y que tenía a gala intelectual serlo, como la habían tenido antes Picasso, que no se cansaba de pintarlos, o García Lorca, que había dejado grabado para siempre aquel «a las cinco en punto de la tarde» en homenaje a su gran amigo Ignacio Sánchez Mejías. Los toros eran del «pueblo» y por tanto de los «nuestros». Y también lo habían sido, aunque a escondidas, algunos de los más afamados toreros, aunque le brindaran toros a Franco, como los Dominguines. Era comidilla reiterada y emblemática de aquella soterrada tendencia, y que simpatizaban y ayudaban al Partido. Y en aquella corriente también se apuntaba a la ya entonces veterana pero idolatrada figura del maestro, nacido justo al lado de las Ventas. Desde niño y como niño pobre era parte del ambiente y el escenario, sufridor de la guerra civil y sus miserias posteriores. Decía que el hambre le había dejado los huesos quebradizos y que por eso en cuanto se los tropezaba un toro se le rompían. Su frágil osamenta fue su gran problema en su larga carrera, llena de sobresaltos, retiradas y vueltas, pero Madrid lo quería como a nadie. Y para los aficionados zurdos un emblema, a quien luego se sumó Joselito, que le brindó el toro a Gabriel García Márquez, cuando lo vio en el tendido, y que era otro referente de la peña rojilla.

 Los de la izquierda de entonces no solo íbamos a los toros sino que alardeábamos de ello y era un blasón que se lucía orgullosamente y el saber del asunto o hacer que se sabía daba muchos puntos y en los más diversos campos. Íbamos en grupos y hacíamos tertulia en los bares próximos donde nos juntábamos los de la «cuerda» y buscábamos el arrimo de los veteranos entendidos y codearnos con el pueblo llano, con la clase obrera, que se decía y los campesinos que trabajaban la tierra, o sea que no eran señoritos, aunque sus hijos, si eran progres, también valían. Yo, como buen alcarreño, presumía de correr encierros. Y alguno sí que tenía corrido. 

 Antoñete, a principios de los 80 ya se había retirado una de las veces, que fueron varias y ya era reconocido por su clasicismo, técnica, empaque, belleza y pureza de su toreo. En la leyenda ya estaba su faena «al toro blanco de Osborne» de nombre Atrevido que había pasado a la historia del toreo.

 Su vuelta a los ruedos, como si viniera de la mano de la naciente democracia, inició una etapa gloriosa aunque ya andaba acercándose a los 50 años, que son muchos para un torero y lucía aquel mechón de pelo blanco que era su distintivo. No puedo evitar presumir que fui uno de los privilegiados que asistió a la faena que le hizo a Cantinero un 7 de junio de 1985 y que hay quien afirma que aun fue más cumbre que la de Atrevido 19 años antes. Pero para eso había que haber estado en ambas y yo en la primera no estuve.

Charo López, salmantina, tierra de campo bravo, había emergido justo también por aquel amanecer de los 80 como una actriz refulgente en una asombrosa y plena madurez. Había impactado en Fortunata y Jacinta, basada en la obra de Benito Pérez Galdós y se convirtió en deseo, admiración y suspiro de España entera por su papel en Los gozos y las sombras. Otra serie televisiva de impresionante factura y éxito sobre la novela de Torrente Ballester. Cuando TVE hacía aquellas cosas que no debería de haber dejado de hacer nunca.

 Ambos, el más de una década mayor que ella, tenían ya sus mochilas personales en sentimientos y parejas, pero tampoco entonces era aquello pasto de carroñeros a todas las horas del día y por todas las pantallas baboseados por escuerzos. Su idilio fue un alegre acontecimiento y, amén de mucha envidia. No dio lugar a la mierda a la que hubiera dado ahora. Ni ellos se prestaron claro. Para nada. Cuando se acabó, se acabó y punto. Y cuando lo disfrutaron tampoco le habían dado cuartos al pregonero, pero tampoco lo ocultaron y cuando aquella noche, tras haber corrido rumores, se presentaron en el Bocaccio, del brazo, todos entendieron que la libertad también era aquello.

No había móviles ni nadie les pidió selfies. Ni se cortó oreja alguna, ni hubo vuelta al ruedo. Pero a todos se nos quedó una sonrisa en la cara.