Luis García-Berlanga

Antonio Pérez Henares
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El mejor director de cine español

Luis García-Berlanga

Con el permiso y el mayor de los respetos por Luis Buñuel, a mí, quien me parece el mejor y más importante director de cine de toda la historia cinematográfica de España y hasta el día de hoy, es Luis García-Berlanga. 

 Hay otros, que aprecio mucho, como José Luis Garci, trío de luises, como ven, que fue nuestro primer Oscar, con Volver a empezar hace nada menos que 40 años, aunque aquí parezca que el único ha sido Almodóvar, que a mí, esto es cuestión de gustos, no me gusta nada. He visto solo una película suya y me bastó. Sencillamente, no soy su público y mis películas son otras, como Los Santos Inocentes de Camus sobre la obra de Delibes, El espíritu de la colmena de Víctor Erice, Amanece que no es poco de José Luis Cuerda o La Venganza de don Mendo de Fernando Fernán Gómez, basada en la comedia de Alejandro Muñoz Seca. Pero sobre todo las de Berlanga. Son las que no me canso nunca de ver.

 Y además lo conocí, lo traté, le tuve gran admiración y nos caímos bien. Ya conté aquí aquellas Fallas con él y con Tip, que recordaré por siempre. Y durante las cuales, creo recordar hasta llegamos a bailar los tres Paquito el chocolatero con Rita Barberá, que tengo que traerla un día, en homenaje y desagravio a todo lo que le hicieron, por aquí. Berlanga ha sido una de las personas que más me ha hecho pensar haciéndome reír.

 Le debo el haberle conocido a un buen amigo escritor de mi quinta, Antonio Gómez Rufo, que fue íntimo suyo y, además, su biógrafo. Antonio fue quien me lo presentó y por quien pude llegar a compartir algunos ratos con su persona que fueron oro molido para él. 

Una de las cosas que de inicio más me impresionó es que contaba con todo desparpajo y sin el menor empacho cosas que, a según quienes, les provocarían urticarias y colapsos. 

Él combatía la censura no solo con sus obras cinematográficas sino también con su práctica y hábitos personales. Fue él mismo quien me contó, en aquellos ambientes en que nos movíamos aquello era un pecado de lo más tremendo que se podían llevar encima, que él había sido voluntario y combatido en la División Azul. Había combatido al lado de los nazis contra los rusos en el terrible frente oriental, visto morir a no pocos de sus amigos y logrado volver vivo.

Tuvo que ver con ello su familia. Y no porque fuera franquista sino por lo contrario. Por republicana. De derechas, pero republicana, que aunque ahora parezca que no resultaba, que sí, que muchos republicanos eran de derechas y liberales y no del Frente Popular prosoviético y revolucionario. Él mismo me lo contó con total y absoluta naturalidad y con su particular manera de relatar lo más trágico con la inteligencia del humor.

 Su abuelo, que era un hacendado con muchas tierras y viñas por Camporobles (Valencia) ya era liberal, de Sagasta, el alter ego del conservador Cánovas, y llegó a ser presidente de la Diputación Provincial, que entonces era mucho ser. Su padre dio un paso más y del partido Liberal, donde empezó, pasó al Radical de Lerroux y luego, a la Unión Republicana de Martínez Barrio y acabar como gobernador civil de Alicante tras la instauración de la República. Pero según fue avanzando la cosa y poniéndose cada vez peor, hasta llegar al levantamiento militar y la Guerra Civil, fueron los más virulentos republicanos, con los que el joven Berlanga simpatizaba, y los anarquistas quienes amenazaron su vida y tuvo que huir a Tánger. Allí acabaría por ser detenido, un año después, por los franquistas.

Concluida la Guerra Civil y al iniciarse la II Guerra Mundial, Berlanga decidió alistarse en la División Azul para con ello contribuir a que la situación de su padre y su familia en el nuevo Régimen mejorara. Esa fue la causa mayor de hacerlo pero tampoco tuvo empacho en reconocer con sinceridad que tenía ya por entonces muchos amigos que destacaban entre los jóvenes falangistas. La jugada le salió bien. Sobrevivió a la guerra y ayudó a su padre a salir del atolladero.

Vuelto a España, se puso a estudiar Derecho y Filosofía y Letras, pero rectificó muy pronto y para bien de todos. Se cambió al cine y empezó en el  Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas de Madrid, donde comenzó su carrera con algunos cortometrajes. Su primera obra larga. Esa pareja feliz la hizo en colaboración con otro de los grandes de nuestro cine, José Antonio Bardem, destacado miembro, aunque entonces clandestino, del Partido Comunista. Luego ya comenzó a volar solo pero con un guionista con quien formó un tándem que ha dado obras maestras a nuestra filmografía nacional como fueron El verdugo, Bienvenido Mister Marshall o las entregas de La escopeta nacional que son referentes de su obra y de todo nuestro cine. Y algo más, donde aflora nuestra propia identidad, nuestra manera colectiva de ser, en lo bueno y en lo malo. Berlanga lo supo plasmar tan personalmente y bien, que la RAE aceptó el término berlanguiano como ese surrealismo y tan difícil de explicar pero que dentro de nuestro particular imaginario puede ser muy posible y normal.

 Berlanga, amén de un cine que hoy no solo no ha perdido actualidad sino que sigue siendo de obligada referencia para comprender no solo aquellos tiempos sino meditar sobre los que ahora vivimos, utilizó el surrealismo y el humor para poder burlar la censura tanto política como religiosa, que andaban maridadas por aquel entonces, como con su Los jueves, milagro. También estuvo rondando el Oscar y estuvo nominado con su película Plácido, otro referente de nuestro cine. Sí obtuvo grandes galardones europeos en los festivales de Cannes, Venecia y Berlín.

He de reconocer, por mi lado, que además de las obras que he recordado aquí, entre las que me parece que El verdugo y Bienvenido Mister Marshall, por dirección, intérpretes y guion son cumbres tengo como una particular predilección por una de sus ultimas realizaciones La vaquilla, la mejor, sarcástica, tierna, grotesca, risueña, amarga y lúcida visión sobre la Guerra Civil. Más le valdría a tanto ignaro y sectario, verla antes de ponerse a soltar estúpidas pero muy peligrosas soflamas y sandeces. Su propia vivencia, la de su familia y el recuerdo de lo que bajo ningún concepto quería que volviese a ocurrir subyace debajo de esa vaquilla a la que se comen los buitres mientras las dos Españas pelean entre sí.

 Muchos de los grandes actores y actrices españoles de la época trabajaron en sus películas y todos demostraron, desde Pepe Isbert a Manuel López Vázquez por mencionar a dos de los más icónicos de sus cintas, pero a toda una pléyade de muchos otros más, que cuando había un guion y un director con genio e ingenio, ellos brillaban como los mejores intérpretes y las más reputadas estrellas internacionales.

 Fue también famoso Berlanga por su afición declarada al erotismo. Ello era algo peor que mal visto, pero él no se arredró al reivindicarlo y logró, durante los años 80 y 90 fueron un estallido de libertad también en ese aspecto del que no hemos hecho en los últimos años sino retroceder, que se le entendiera como algo muy artísticamente apreciable. 

Creó hasta un premio literario que fue muy cotizado y notorio: La sonrisa vertical, del que fue presidente del jurado y codirigió desde el año 1979 al 2004 en la editorial Tusquets.