Un paño bordado y la necesidad fisiológica revelaron Guarrazar

Á. de la Paz
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José Calvo Poyato desgrana los avatares del conjunto de orfebrería visigoda descubierto en 1858 en el término municipal de Guadamur, unos hechos que el escritor ha novelado

Carlos Velázquez, José Calvo Poyato y Antonio Pérez durante la conferencia. - Foto: David Pérez

Por respeto a «tanta gente como hay de pie», el escritor José Calvo Poyato dictó erguido la conferencia Un tesoro visigodo en Toledo: Guarrazar. La segunda ponencia del ciclo 'Toledo, luz de Europa' se celebró en la iglesia de San Román, sede del Museo de los Concilios, y recorrió la suerte de las piezas de orfebrería visigodas halladas en el término municipal de Guadamur en 1858. 

Una tormenta de verano removió la tierra en el pago de Guarrazar, un punto próximo al municipio de Guadamur y alejado una docena de kilómetros de Toledo. De la ciudad venía Escolástica, una joven que acababa de examinarse para maestra de primeras letras. En el trayecto de regreso a su pueblo sintió la necesidad de miccionar; al agacharse descubrió el brillo dorado de una cadena de oro. «Lo que relucía era la punta de un iceberg», relata Calvo. Si el organismo no hubiera interrumpido aquel viaje de la joven y sus padres, tal vez el tesoro  «no se habría encontrado». 

Las joyas halladas les parecieron «impresionantes», pese a la dificultad para clasificarlas. Los tres decidieron guardar silencio sobre el descubrimiento y trataron de «sacar el mayor beneficio posible». Francisco Morales, cabeza de familia, llevo a Toledo varias piezas que fueron compradas y fundidas por algunos joyeros de la ciudad.

El profesor Adolf Hérouart, un francés que ejercía la docencia en el Colegio General Militar de Toledo, contactó con el joyero José Navarro para adquirir las piezas que le quedaban a Morales. En 1859, un año después del hallazgo, se vendieron al Museo Nacional de la Edad Media de Francia, un país que en aquellos años redescubría el Medievo gracias al éxito de Nuestra Señora de París, la novela de Víctor Hugo. En el país vecino «se empieza a pensar que las coronas se ofrecían como ofrenda, como voto a una determinada iglesia; era muy poco lo que se sabía del arte visigodo que no fuera arquitectura». Se trataba, apunta Calvo, de «piezas extraordinarias de las que hasta entonces no se tenía noticia». Las publicaciones de la prensa francesa destaparon la magnitud del hallazgo; la prensa española, por su parte, se cuestionaba por qué España carecía de una legislación que hubiera evitado la salida de las piezas del país.

La Academia de Historia se aprestó a realizar una excavación en la zona, labor que se encomendó a Amador de los Ríos. Entretanto, Diego de la Cruz descubrió una segunda fosa con joyas, tres de las cuales decidió donar a la reina Isabel II para el Museo de la Armería del Palacio Real. La más importante de las tres, una corona de un rey visigodo, desapareció en 1921.

Aunque el Gobierno español reclamó al francés la tenencia del tesoro y la nulidad del acuerdo suscrito con Navarro y Hérouart, no fue hasta el otoño de 1940, bajo la ocupación nazi de Francia, cuando retornó a España parte del legado vendido originario de un pueblo germánico. El Museo Arqueológico Nacional muestra desde entonces seis de las nueve coronas, incluida la del rey Recesvinto. «Una parte del tesoro de Guarrazar volvía al lugar de donde nunca debería haber salido», apunta Calvo.

Se cree que la presencia de joyas en Guarrazar se debe a una medida de protección patrimonial tomada ante el anuncio de la inminente llegada de los musulmanes en el año 712. «Toledo era la urbs regia, la capital donde tenían los grandes actos del rey», recuerda el escritor. Los ajuares de las basílicas de Santa Leocadia y de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo pudieron ser trasladados desde ambos templos hasta el lugar donde fueron encontrados más de mil años después. Tal vez, las autoridades visigodas preveían un rápido retorno tras el paso de los musulmanes. O tal vez, y al hilo de las últimas excavaciones que muestran una estructura compatible con un complejo de tipo religioso palatino, los reyes que vivían en Toledo tenían en este lugar su espacio de recreo veraniego con templos. En cualquier caso, «la calidad artística de la orfebrería visigoda no se puede cuestionar, tampoco que hubo comercio de larga distancia de piezas de alto valor».

HECHOS SAGRADOS. «El tesoro de Guarrazar tenía una novela», dice Calvo. La historia de la «señorita a la que ha dado ganas de hacer pis y descubre el tesoro» es otro ejemplo de que «a veces, la realidad supera la ficción». En cualquier caso, el autor proclama que «los hechos históricos no se pueden alterar y se deben respetar» y que solo cabe «incluir elementos de ficción que no los alteren».

Calvo, además, recuerda cómo en una visita a Guadamur, «donde todo el mundo quería darme información», descubrió que el examen para maestra que terminó por revelar el tesoro oculto tuvo como prueba la de bordar un pañuelo.