Fiera y fascinante 'Medea'

Ilia Galán
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Fiera y fascinante 'Medea' - Foto: del Real fotografia

Gran multitud se agolpaba ante las vallas para ver pasar a los personajes, los reyes de España iban a hacer su aparición para inaugurar la temporada de ópera, ya van siete años que llevan haciéndolo, honrando nuestro coliseo y dando prestigio y glamour a este cultural encuentro de un teatro que ha conseguido ser uno de los más prestigiosos del mundo. El despliegue de seguridad, los grandes coches oficiales o de policía dejaban ver a la presidenta del Congreso de los Diputados, el ministro de cultura, el alcalde de Madrid, clásicos rostros de famosos en los estrenos: Iñaki Gabilondo, Alberto R. Gallardón, Ana Botella, Carmen Lomana, Pedro J. Ramírez, Isabel Preysler ya sin la compañía de otro rostro memorable, el Nobel de Literatura, Vargas Llosa; vestidos, bellezas y joyas relucientes. Los aplausos amplios recibieron a sus majestades en el que lleva su sello con el himno nacional y el público en pie, celebrando su augusta presencia. Breves explicaciones de Gregorio Marañón y el escultor Jaume Plensa sirvieron para introducir una videoproyección en la cúpula con un lindo cielo de Madrid.

Se inicia la temporada con algo novedoso, una producción propia y bastante ostentosa, con escena diseñada por Paco Azorín que sitúa la obra en nuestro tiempo: La célebre Medea, con un enorme ascensor como los de las minas para hacernos descender a los infiernos. La clásica tragedia griega se desarrolla en un Corinto contemporáneo, con moderneces muchas veces reusadas en los escenarios, texturas en el fondo del decorado, plataformas que como inmensos ascensores suben o bajan cambiando las escenas. Funcionó bien pese a lo áspero su estética. La tremebunda tragedia finaliza en el Averno, entre fuegos simulados y reales, aullidos o tal vez cantos espeluznantes. Como se cambia la época, nos informan con carteles cuando los actos comienzan, de un modo algo infantil, como el catecismo que exhiben en un momento con los derechos humanos infantiles, enumerándolos y escritos durante un rato, así como las cifras de los más de cuarenta mil niños que mueren asesinados por padres o cuidadores anualmente, como si necesitáramos esas consignas para saber que está mal lo que Medea, en medio de terribles luchas interiores contra su conciencia, termina haciendo. Horror que vemos en escena no solo al final sino al principio del todo, antes de que comiencen a cantar.

Algo importante sucedió en este estreno, más allá de la pompa, y es que la obra de Luigi Cherubini que subía a escena podría iniciar un nuevo modelo canónico de interpretar su Médée, pues cuando se estrenó en tiempos de la Revolución Francesa, en 1797, el estilo forzó a hacerlo con recitativos y no como el autor quería, todo cantado, lo que ahora sí se ha realizado, gracias a la labor musicológica de reconstrucción sonora de Alan Curtis. Se representa así en francés y con una interpretación que pretende acercar el original a lo que pensaba o creemos que pensaba el autor. Esta novedad es una reconstrucción similar a la que hizo el discípulo amado de Mozart con su Requiem para acabarlo. No será igual a como el genio lo pensó, pero se aproxima mucho más a esa realidad imaginada que si se deja la obra inacabada.

Entre los cantantes, la que destacó y por encima de la protagonista, Medea, fue Sara Banch, como la desdichada Dirce, hija del rey Creón que se esposa con Jasón. Esta soprano catalana hizo un magnífico papel, grandiosa y finísima. Bien y hermosa en dulce melodía Nancy Fabiola Herrera (Neris) y correcta María Agresta en el papel de Medea, un trabajo dificilísimo por las exigencias de la partitura pero también porque cantaba las piezas que hicieron a la célebre María Callas famosa en muchos escenarios del planeta. Y es que después de la adaptación al italiano de la Callas, de quien se celebra ahora el centenario del nacimiento, este referente se ha convertido en absolutamente hegemónico. Enea Scala (Jasón) tiene una voz metálica con buenas modulaciones, pero no resultó espectacular ni muy potente, y el bajo Jongmin Park resultó un vozarrón de tesitura muy opaca cuya pronunciación a menudo parecía omitida, aunque no dejó de representar bien al rey Creonte. El coro titular del Teatro Real, excelente, que ya no dirige Andrés Máspero, sino José Luis Basso, sin embargo, en ocasiones parecía tragarse a la orquesta, cuya sonoridad quedaba mitigada con la furia de sus voces. Ahí, en el foso, Ivor Bolton, tan querido en esta corte, se mostraba como el especialista que es en este tipo de música, si bien ya en la obertura se percibió que no tenía tanta fuerza como interpretan otros, le faltaba pronunciar o desarrollar de modo más intenso las frases finales que en una partitura tan excelente como esta se dan a menudo. No en vano fue tan apreciado por Beethoven y el mismo Brahms tenía una imagen suya, entre ángeles: un grabado, en su casa, como tierno devoto. Algún silencioso cambio de escena, al final, con el telón bajado, duró demasiado, innecesariamente, cuando ya el público está más fatigado. Sin embargo, esta ópera no tan incluida en el actual repertorio y tanto tiempo semioculta para tantos, provocó en general poderoso entusiasmo y muchos minutos de aplausos. Es importante comenzar la temporada con un éxito poderoso y un gran goce para los aficionados, que tendrán once funciones para disfrutarlo.