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Yolanda Díaz: la china en el zapato de Podemos

Pilar Cernuda
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La biografía y el conocimiento de la trastienda política demuestran que la vicepresidenta no da una puntada sin hilo y hará en cada momento de lo que resta de legislatura lo más conveniente para liderar un nuevo proyecto de izquierda

Yolanda Díaz: la china en el zapato de Podemos - Foto: Ballesteros

No quiere que su proyecto sea una suma de partidos, Yolanda Díaz lo ha dejado muy claro en la Cadena Ser. No quiere un conglomerado en el que coincidan Izquierda Unida, En Comú de Ada Colau, el partido de Íñigo Errejón que ha podido con Podemos en Madrid y sigue en modo creciente, más Compromís, más alguna figura regional con más o menos simpatizantes detrás. No. Yolanda Díaz, actual vicepresidenta segunda del Gobierno y ministra de Trabajo, quiere crear un nuevo partido en el que todas esas formaciones queden bajo el paraguas de unas mismas siglas. Dirigido, evidentemente, por ella, que sigue siendo una destacada militante del PCE.

Díaz dio el salto a la política nacional para quedarse. Deja atrás Galicia, donde se crió en una familia comunista, estudió la carrera de Derecho y destacó como militante comunista de Ezquerda Galega. Formó parte de las mareas, una suma de partidos nacionalistas y comunistas que se aliaron para tratar de vencer a Núñez Feijóo -sin éxito- y mandó al ostracismo a quien había sido mentor político y figura indiscutible del nacionalismo gallego de izquierdas, Xosé Manuel Beiras, que no dudó en calificar a la hoy número tres del Gobierno de traidora.

En Galicia hay dos bloques muy diferenciados: el que considera a la ministra una persona que no admite barreras en su objetivo de llegar todo lo lejos que pueda llegar un político en España y el de aquellos que la consideran alguien con coraje para defender con firmeza sus principios sorteando las dificultades para abrirse paso siendo mujer y comunista. Los primeros, los detractores, describen, incluso, la asombrosa transformación física de la política con su pelo impecablemente peinado, rostro impecablemente maquillado, ropa de impecable corte, trato impecablemente amable, incluso, cuando defiende con dureza sus posiciones, como parte de su estrategia para ir alcanzando las alturas. Esa estética crea confianza en los sectores que huyen del radicalismo.

Su primer paso fue ganarse el respeto y el afecto de Pablo Iglesias, imprescindible para dar el salto nacional. No se equivocó, la metió en el Gobierno. Cuando era vicepresidente, Iglesias encontró en Díaz la persona de su grupo que mejor se movía en el Ejecutivo, hasta el punto de que logró acuerdos con la CEOE y, además, no le creó conflictos a Pedro Sánchez. Cuando Iglesias decidió abandonar una Vicepresidencia en la que ya se sentía poco cómodo, y abandonar el escaño cuando Ayuso le dio un varapalo en Madrid, sobre todo a su ego, el madrileño dejó dicho que Yolanda debía ser la aspirante de los morados a la Presidencia del Gobierno siempre que lo aprobara Podemos e Ione Belarra, nueva secretaria general. Lo segundo se produjo sin dificultad, era palabra de Iglesias. Lo primero,... lo primero, está en el aire.

Da la impresión de que la gallega no tiene la menor intención de ser la candidata de Podemos a la Moncloa cuando se convoquen elecciones generales. Le queda pequeño. El partido creado por Iglesias va de capa caída, lo han dejado todos sus fundadores; Iglesias sigue teniendo cierta influencia y quizá la tenga más cuando comience a ejercer como presidente de su fundación, cargo al que acaba de acceder. Pero el goteo de abandonos, el último el de Noelia Vera, brazo derecho de Irene Montero que alega motivos personales, más la bajada de votos que, además, se augura que seguirá en los próximos meses, ha provocado que la vicepresidenta, que no tiene especial sintonía con Belarra y Montero, quiera montar su propio partido.

En fase de prospección, ha iniciado contactos a lo largo del verano, siempre como dirigente de IU, donde Alberto Garzón ve sus movimientos con simpatía mientras que Enrique Santiago, secretario general del Partido Comunista, no está especialmente contento con lo que pretende la coruñesa. Es como si solo él se diera cuenta de que Yolanda Díaz quiere crear un nuevo partido en el que ella sea la única e indiscutible líder, con unas siglas que eliminen aquellas que han tenido o tienen protagonismo en Cataluña, Valencia, Andalucía o Madrid. O en toda España, como sería el caso de Podemos si se sumara.

 

Problemas 

Enrique Santiago es uno de los nombres que puede crearle problemas a la vicepresidenta, como Teresa Rodríguez en Andalucía o Mónica Oltra. Alguien cercano a Díaz cuenta que a la ministra de Trabajo le preocupa la situación actual de la dirigente de Compromís, porque su exmarido ha sido condenado recientemente por abuso a una menor tutelada. La figura de Oltra se ha cuestionado y a Díaz no le conviene que ese episodio pueda contaminar su proyecto.

En cuanto a Podemos, no le preocupan Belarra y Montero, sabe perfectamente que no tienen, ni de lejos, el predicamento que tenía Iglesias, y la idea generalizada en el mundo de la izquierda radical es que la gallega podría ser el elemento que provocara la explosión de Podemos si la dirección actual no aceptara sumarse a su proyecto. Porque, sin duda, ella arrastraría a un buen número de dirigentes y, sobre todo, de votos, desencantados por la deriva actual de un partido que, además, de decepcionarles porque ha desaparecido el espíritu con el que se fundó, pierde presencia, influencia y votos a chorros.

Yolanda Díaz participó el pasado fin de semana en la fiesta del PCE. Nunca lo había hecho una vicepresidenta de Gobierno. También acudió Pablo Iglesias, pero no hubo comparación entre una y otra intervención. Él tiró de demagogia, ella, en cambio, encendió al público, que no ocultó su entusiasmo. Es una mitinera excepcional, lo saben muy bien en Galicia. Llega a la fibra sensible, prepara sus intervenciones como una profesional, sabe qué teclas tocar para electrificar a la gente desde el escenario. Se puede apostar que al final de su intervención mucha gente se planteó sumarse al proyecto que está creando.

En el Gobierno, solo está pendiente de Sánchez y de que él la considere una vicepresidenta sólida. Repite que va a derogar la reforma laboral, aunque no convence a Calviño y tampoco mucho a un presidente que sabe que en Bruselas no quieren esa reforma de ninguna manera porque creen que generaría aún más desempleo; como ocurre con la subida del Ingreso Mínimo, Vital, otro empeño de Díaz que, sin embargo, ha sacado adelante, quizá porque el mandatario socialista quiere darle alguna compensación por dejar de lado la reforma laboral.

 

Ley de alquiler  

También pretende abordar el límite de los precios del alquiler, que en otros países ha tenido pésimos resultados. Pero Díaz, mientras no llega la aprobación de las grandes propuestas, se conforma con que Sánchez le permita pequeños avances porque lo que importa es tener presencia, protagonismo, que se hable de ella y de su compromiso social. Es la mejor bandera para construir ese conglomerado de partidos que pretende convertir en uno solo. Bajo su liderazgo, evidentemente.

La pregunta que se hacen muchos que siguen de cerca los pasos de la gallega es cuánto tiempo durará en el Gobierno. La respuesta no la conoce nadie, porque faltan dos años para las elecciones generales, y dos años en política es mucho. Lo más lógico es que permanezca en el Ejecutivo todo el tiempo que pueda; una vicepresidenta y ministra de Trabajo sería poco inteligente si desaprovechara esa oportunidad para estar permanentemente en el primer plano, sobre todo, cuando genera debates continuos.

Y lo más lógico sería también que si para lanzar su proyecto necesita estar fuera del Gabinete central cuando se convoquen elecciones, dimita en el último momento o provoque su cese dando un aldabonazo que le catapulte de inmediato como una mujer que, por defender sus ideas, ha perdido los privilegios de dejar una vicepresidencia del Gobierno.

La biografía y el conocimiento de la trastienda política demuestran que la vicepresidenta no da una puntada sin hilo y hará en cada momento de lo que resta de legsilatura lo más conveniente para liderar un nuevo proyecto de izquierda. No moderado, aunque todavía hay quien piensa que es una convencida socialdemócrata.