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"He sido malhablada y muy crítica con mucha gente"

María Albilla (SPC)
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"He sido malhablada y muy crítica con mucha gente" - Foto: Javier Arroyo

El periodismo corre por las venas de Carmen Rigalt desde que tiene uso de razón y a esta profesión ha consagrado su vida creando un lenguaje propio directo, irónico y lenguaraz; el mismo que recorre las páginas de Noticia de mi vida, una suerte de memorias, aunque ella misma diga que «nada de lo que ha ocurrido en mi vida merece un esfuerzo para ser registrado».

Se estrenó con la beautiful people en Marbella, se curtió en Pueblo con Emilio Romero como director y pasó más de 30 años en El Mundo, hasta que el director le despidió hace unos meses mientras comía unos cacahuetes. Pero una periodista es como un torero, como un poeta, y lo es para toda la vida, así que todavía hoy sigue afilando su pluma al abrigo de Pedro J. Ramírez en El Español.

 

Escribe en el prólogo que necesita «saldar deudas con el pasado porque estoy en deuda con él». ¿Cuáles son?

Cuando ya llevas la mochila muy cargada sientes la necesidad de contar muchas de esas cosas que has vivido. Es lógico, ¿no? El presente justifica el pasado.

 

¿Se ha quedado en paz?

Me lo preguntaré un poco más adelante... Escribir Noticia de mi vida fue algo tan inesperado como la pandemia, que nos dimos de bruces con ella. Cuando nos quedamos encerrados en casa encontré el momento perfecto para empezar a recordar. Me senté y tiré pa’lante.

La verdad es que ha sido terapéutico para mí. El 31 de diciembre de 2019 sufrí un infarto, fue el primer golpe. Morrocorudo. El segundo cuando en el periódico (El Mundo) prescindieron de mí. Así que, sí, fue un buen momento para parar y pensar.

 

¿Cuánto hay de ajuste de cuentas?

Si te refieres a lo que me pasó en el periódico, no hay ajuste de cuentas en el sentido más objetivo del término. Aunque yo al recibir la noticia me cabreé mucho, a la semana me di cuenta de que estaba profundamente aliviada... Así que no tuve tiempo de enrabietarme con el director y los subdirectores. Había sido una mala época, pero me empecé a notar más calmada y más crecida para mi libro.

 

¿Hacer memoria de toda una vida duele o alivia?

Hay tiempo para todo porque hay muchos tiempos distintos. Para el recuerdo, para la nostalgia, para la desmemoria, cosas que no sabes por qué pero se borran...

Me ha aliviado mucho hablar del tema profesional, del trabajo. Han sido muchos años de periodismo y me he sentido muy bien recordando cosas, artículos y crónicas...

En el capítulo del duelo... lo peor ha sido ver el final, como en una película... Pero me he resistido mucho a que sea dramático.

 

¿El periodismo le ha dado «chutes de emoción» hasta el final de su carrera?

No. Las cosas van cambiando mucho... Cuando empiezas pagarías por escribir. Todo te produce una gran emoción, cualquier entrevista por cutre que sea te hace ilusión.

Esto no puede compararse con el final... que te acabas por no ver haciendo ciertas cosas, ¡qué rollo! Es que son muchos años... Aunque no pasas nunca página del todo.

 

¿Un periodista de vocación siempre tiene algo que contar?

Y si no lo tienes, lo tienes. No quiero decir que te lo inventes, pero sí que lo fuerzas, lo buscas.

 

Se ha caracterizado por un estilo lenguaraz en sus crónicas. ¿Ha podido escribir lo que ha querido y como ha querido?

Malhablada, sí, sí. Y muy crítica con mucha gente. Pero sí, nunca me he cortado. Tampoco he hecho periodismo político, que igual es con el que más problemas podría tener

 

¿Nunca se ha autocensurado?

La crónica social es muy distinta a la política, como decía antes. No es lo mismo ir al ambiente del Congreso que a hacer una crónica social de toros. Aunque ahora ya ni los toros se llevan...

Fui consciente de la censura estando en Pueblo y allí sufrí el rotulador rojo del redactor jefe nada más. Cuando atacabas a algún prócer de la época pues igual sí que te decían algo...

 

Dice que en el periodismo es mejor no hacer amigos, ¿se le ha dado mejor hacer enemigos?

Esto es algo que he sostenido siempre. Las amistades, no los amigos profundos, te comprometen mucho. Yo veía que había muchos periodistas a los que les gustaba demasiado serlo solo para estar cerca de los famosos y yo pensaba que quien se dedicaba a pelotear a estos famosos nunca podría ser objetivo en sus crónicas. Por eso yo he hecho poquísimos, poquísimos amigos. Enemigos tampoco. Es muy fácil trabajar con ese distanciamiento y va muy bien.

Las celebrities nunca te van a agradecer que hables bien de ellas porque consideran que es tu obligación hacerlo. Son situaciones que he visto mucho a mi alrededor.

 

¿Quiénes no le hablan por algo que dijo o que calló?

Una de las primeras entrevistas que hice fue a la duquesa de Alba, cuando yo empecé en un periódico de Málaga. Al poco, me contestó con una carta para agradecerme aquella entrevista y me decía: ‘Espero que haya cambiado su opinión sobre mí’. ¿Qué opinión quería que tuviera yo de ella si no la había visto en mi vida? Y es que esto me lo fue repitiendo varias veces a lo largo de su vida cuando nos fuimos encontrando. Estaba siempre alerta conmigo, pero nunca lo entendí. Creo que se equivocaba de persona. Era muy graciosa aquella situación.

 

De este oficio dice que «silban los cuchillos y los pisotones están a la orden del día». ¿Esto es algo de ayer, hoy y siempre?

Sí, sí. Y lo he visto muchas veces, que te den codazos, que te quiten un tema... Esto es de lo primero que vi, la facilidad con la que te pisaban. Y eso lo habrás comprobado tú también si no es en carne propia en otro porque es un espectáculo.

Y, oye, nunca nadie tenía un teléfono que tú necesitabas... Pero también me he encontrado gente que es todo lo contrario. Era la excepción que confirma la regla.

 

¿Quiénes son para usted los personajes más admirables de la sociedad sobre los que ha escrito?

Uh, uh... No sé si admirable, pero hace poco alguien me recordó que yo me inventé el lomanismo. Y es verdad. Yo todos los años iba a Marbella y veía a Carmen Lomana y me decía ‘uy esa señora que siempre va tan pintada y come sus canapés sin despintarse los labios’... Me hacía mucha gracia. La empecé a nombrar y a los meses ya se había convertido en una foto y en un nombre en negrita. Con poner interés se lanza a la gente.

A Jesús Gil empecé a llamarle Moby Gil, aunque ya estaba lanzado, a punto de caramelo. Solo hubo que empujarlo un poquito y mira todo lo que pasó. Al principio estuvo falsamente apoyado por la prensa. Como este había muchos...

Carmina Ordóñez también fue otra de estas personas que daban mucho juego. ¿Te das cuenta? Dos de ellos ya han desaparecido...

 

¿Se despachó a gusto con todos?

No me he reprimido, no. ¿El espectáculo que rodea actualmente a la prensa del corazón desprestigia a este género o es positivo que haya más madera para lanzar a más personajes? Los temas son los que hay, depende de cada periodista cómo los quiera desarrollar. Están pasando cosas muy gordas y eso implica que te puedes poner las botas escribiendo. Fíjate ahora mismo el caso Titella en el que está implicado José Luis Moreno. Anda que no dará esto para hablar tiempo...

Piensa en el Malaya del que también se escribió mucho. En los 80 pasó muchas veces que un caso económico se mezclaba con otro rosa, como el caso Chávarri-Cortina.

 

Tres directores de tres épocas. Emilio Romero, Pedro J. Ramírez y Francisco Rosell. ¿Qué recuerdos, a grandes pinceladas, tiene de cada uno?

Aprendí mucho de Emilio Romero. Él creó en Pueblo una escuela de reporteros que marcaron una época. Pedro J. se parecía a Romero en el sentido de que es un periodista de casta. Él tenía su despacho, claro, pero siempre estaba zascandileando por la redacción viendo quién hacía este tema o quién elaboraba este otro.

Hay otros directores que no salían del despacho más allá de a recibir a quien fuera. A este grupo pertenece Rosell. Será que no son tan vocacionales, pero se nota mucho los que tienen el nervio.

 

Usted creció con una generación de periodistas que serán recordados como Raúl del Pozo o José María García. ¿Quiénes cree que serán ahora los nombres del futuro?

Hay muchos. Muchos... De los últimos que he dicho ‘pero qué bien escribe este tío’ estaba David Gistau, aunque inexplicablemente muriera tan pronto; Manuel Jabois, que es magnífico, me encanta... Qué jóvenes son todos... El otro día vino a casa un chico de La Razón, Javier Ors, y me hizo pensar en qué gente tan buena hay en los medios.

 

Antes las redacciones estaban llenas de humo, tras el cierre la juerga seguía en los bares y ser periodista era un modo de vida. Ahora la profesionalización y la tecnología, lo convierten todo en algo más quirúrgico. ¿Con qué modelo se queda tras vivir ambos?

Los primeros periódicos eran vibrantes. Ahora hay tanto silencio en las redacciones que parecen la Seguridad Social. Antes se aporreaban las máquinas, sonaban los teléfonos y había gritos para contestar enseguida porque podría ser una noticia. Ahora todo viaja por correo electrónico... Antes era todo mucho más ruidoso.

 

Habla de episodios machistas en su carrera. ¿Ahora cree que no hay tantos porque los hombres han aprendido o porque se reprimen?

Son magnitudes muy distintas lo que pasó en los 70 y lo de ahora. Pero claro que el mundo machista sigue existiendo, aunque está más solapado y claro que hay casos que se silencian, aunque nada que ver con aquellos años, claro.

 

¿En su caso, siempre les paró los pies a tiempo?

Malamente, no te creas... Estábamos muy perdidas. Éramos bastante gilipollas. El tiempo nos ha ido enseñando...

 

¿Es una cuestión de machismo que no haya recibido «ni un puto premio» en su carrera?

No pretendo el reconocimiento. Con esto me refiero concretamente al Premio González-Ruano. Se estuvo entregando desde 1975 hasta 2014 y no sé si se concedió únicamente una vez a una mujer que ni se sabe si era periodista. Una cosa tremenda.

 

Hay un tema que no quiero dejar pasar y es el del procés. A usted que es catalana de nacimiento, ¿de qué manera le ha afectado en lo personal el independentismo?

Muchas familias se han divido por el tema del procès. Vivir en Madrid me permite estar más distanciada de ello, pero no del todo.

Todo esto ha influido en desde las ganas de volver de vacaciones a Cataluña a otros ámbitos más domésticos en los que este tema siempre estaba presente. El año 2017 en concreto fue un año terrible. Ahora parece que las cosas se han calmado un poco...