El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


A orillas del Pisuerga

14/04/2021

La pasada semana tuve que viajar a Valladolid a impartir una conferencia en la Universidad. Era la primera vez, en muchos meses, que cruzaba la Sierra que separa ambas Castillas, tras franquear ese nuevo puerto seco en que se ha convertido la estación de Chamartín, una pequeña aduana en la que es necesario presentar la documentación correspondiente y responder a las preguntas del policía, como antaño, cuando antes de Schengen, se pretendía viajar por Europa. Subí al tren con algo de agitación interior, casi como el nerviosismo del niño pequeño cuando se dispone a vivir algo nuevo. Al salir del túnel y empezar a recorrer las verdes tierras de Segovia experimenté, como pocas veces, una profunda sensación de libertad, derivada del hecho, antaño tan prosaico, de poder viajar. Ante mis ojos desfilaban, raudos, paisajes patinados por el sol del atardecer, desde las últimas nieves que coronan el Sistema Central hasta los pinares que avisan de la cercanía de la capital pucelana, amén de los trigales aún sin dorar.
La sensación de libertad finalizó cuando, tras un breve recorrido hasta la Plaza Mayor, la prontitud del toque de queda me vino a recordar la extraña situación que estamos sufriendo, y que, alargándose, va socavando, poco a poco, nuestro ánimo, llenándolo de fatiga, hartazgo, desconsuelo. Sin embargo, optimista por naturaleza, busqué, tras cumplir mis obligaciones docentes, un pequeño consuelo que me devolviera el aliento. Y vaya si lo encontré. O mejor dicho, lo reencontré. Porque aprovechando que tenía tiempo hasta la hora de tomar el tren de regreso, me acerqué a esa maravillosa exposición de arte que es el Museo Nacional de Escultura, al que hacía bastantes años que no volvía. Ya es todo un goce para los sentidos aproximarse hasta esa indescriptible joya, retablo en piedra donde se desborda la imaginación de los últimos estertores del gótico, que es la fachada de San Pablo. Vale la pena detenerse un buen rato, escudriñando la pétrea filigrana que la recubre.
Bordeando su muro se llega a otra espléndida fachada, la del Colegio de San Gregorio, sede del Museo, y que, en sí mismo compensa la visita. La munificencia del obispo Alonso de Burgos promovió su construcción y las viejas salas, antaño repletas de estudiantes y profesores, albergan algunas de las mejores piezas de la escultura castellana, salidas del genio de Alonso Berruguete, Gregorio Fernández, Juan de Juni o Felipe Vigarny. Verdaderamente impresionante la sillería del coro del monasterio de San Benito el Real, uno de los principales cenobios de Castilla, de Andrés de Nájera. O el ‘Sacrificio de Isaac’, de Berruguete, que muestra el desgarro interior del patriarca ante la dura prueba que se le exige. Se podrían enumerar bastantes más, pero para mí, la más extraordinaria es ‘El entierro de Cristo’, de Juni, que, ensimismado, contemplé largamente. Indescriptible, excepcional.
Boecio se consolaba con la filosofía. Yo, sin desdeñarla, lo hago con el arte.