La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Muertos

13/04/2021

Hace algún tiempo saltó la noticia de que había un chaval ruso que vivía en un lugar tan remoto que no tenía señal de Internet. Se le presentaba como un tipo heroico porque el muchacho tenía que salir de casa, pasear hasta un árbol muy alto y trepar hasta la copa con su ordenador portátil a la espalda. Allí, a horcajadas sobre una rama, atrapaba las ondas justas para seguir sus clases de la universidad. Asumo que la sociedad actual me está dando un empujón tras otro para arrojarme al basurero de los trastos viejos. Los analógicos seguiremos el camino de los neandertales: o nos dejamos absorber por los digitales o nos devorarán en un festín salvaje.
No entiendo la diversión comprimida de los vídeos de TikTok, la música pasada por un Auto-Tune para hacer soportables los gritos de un cantante de moda, la literatura de garrafón que se está publicando en los últimos años, la necesidad de estar conectado todo el día a un dispositivo electrónico, cómo alguien puede ser un creador de contenidos en Twich y tener millones de seguidores que le vean desayunar o teñirse el pelo o jugar a un videojuego; no comprendo la serenidad con la que todo el mundo está renunciando a su intimidad, ni que asuntos como el cuidado de la ortografía y la gramática se consideren como una cosa de tiempos medievales. Dice casi todo el mundo que hay que adaptarse a la época que a uno le toca vivir, que hay que tener perfil en Instagram, Twitter y Facebook, ligar utilizando Tinder y pagar con la aplicación Bizum. En caso contrario, estás eligiendo ser un paria social.
Como las visitas a los bares están restringidas, y no tengo redes sociales, la mayor parte del tiempo sólo me relaciono con muertos. El fin de semana estuve escuchando cantar a Doris Day; vi una película de vaqueros de John Wayne; acabé la ‘Narración de Arthur Gordon Pym’ escrita por Edgar Allan Poe; vi un vídeo casero en el que un amigo tocaba la ‘Première Arabesque’ de Claude Debussy al piano y me recordaba que se hizo muy popular como melodía de la Bola de Cristal. Doris Day, John Wayne, Poe, Debussy, Lolo Rico. Cinco muertos. Vaya.
Aunque no me merece la pena dejar mi mundo analógico, mis libros viejos de papel, mi música de fantasmas, mis estrellas de cine cadavéricas, sería posible que, con mucha voluntad y renuncia, lograse engancharme a toda esa avalancha de actualidad sinsorga. Pero lo que nunca, nunca, nunca podré asumir es que un chico sano trepe a un árbol para que le funcione el ordenador en lugar de para coger los huevos de un nido o contemplar el paisaje que le rodea.