Querencias

Miguel Ángel Sánchez


Aviones

16/04/2021

Siempre mirando al cielo. Miro por la ventana y pasan los aviones. Pájaros pequeños, arlequines volando sobre la copa de verdenuevo de plátanos y tilos. A veces, en los días más radiantes de abril, limpio los cristales del barro del invierno, de la nostalgia de las tormentas de primavera, y levanto la mano y puedo recorrer el perfil azul de la Sierra de San Vicente. Y en las afortunadas tardes de lluvia, pasan golondrinas suicidas a las de suelo, rondando las calles, enfrentándose a los coches, para en el último instante elevarse y salvarse. En mi bloque de pisos no crían los aviones comunes. Pero sí los vencejos. Mediado junio volverán a sus huecos entre los ladrillos, en el tambor de la persiana de mi ventana, y de madrugada me despertarán los pollos removiéndose, ya soñando con lejanías. Es la vida.
En mi bloque de pisos no crían aviones comunes, pero sí pasan el invierno unos cuantos aviones roqueros. En los días grises de invierno se vuelven acróbatas del viento al otro lado de la ventana. Zigzaguean entre las terrazas, a un milímetro de los ladrillos, vierteaguas alféizares... Suben y bajan, y vuelven a subir con la inercia del vértigo. En mi bloque de pisos no crían aviones comunes, pero sí una pareja de cernícalos. Al amanecer, mientras el sol levanta la bruma de Palomarejos, se posan sobre la bajante de la cubierta del bloque de enfrente, y dejan que los primeros rayos que trepan por las barrancas les saque del cuerpo el frío de la noche. En junio los oigo entrar muy temprano al nido. Y en julio los pollos aprenden a volar, se tiran desde los pisos más altos hasta casi rozar los árboles mientras la gente camina muy abajo, los coches pasan por la avenida y las tórtolas turcas se refugian en su mundo de medianías, entre jilgueros, verdecillos y torcaces confiadas.
De anochecida los aviones se van a su nido de barro. Los vencejos a su cielo. Y de las grietas, de las juntas de dilatación, de los recovecos de mi bloque de pisos salen murciélagos de todos los tamaños. Mientras los observo comienzan a cantar los ruiseñores lejanos. Antes, de anochecida, las urracas se han reunido, por decenas, sobre las cubiertas de los pisos más bajos, las últimas grajillas han pasado rumbo a su cárcava del Tajo. De noche dejo abierta la ventana de mi habitación. Escucho al ruiseñor, al autillo, a la lechuza que cruza, a los mochuelos de la Barrosa…
Algunas noches me doy una vuelta y voy a ver los nidos de aviones más someros, los que han construido prácticamente al alcance de la mano. Paso junto a ellos y apenas levanto la cabeza y echo un vistazo rápido. Que nadie me vea. Que nadie levante la cabeza del suelo y mire al cielo y los descubra. No voy a caer en la simpleza de escribir que están protegidos, que comen miles de mosquitos al día. No. Son simplemente la vida. La belleza y la libertad siempre han estado perseguidas. Ahora más. No doy pistas. Ni explicaciones. Siempre mirando al cielo. Miro por la ventana y pasan los aviones.