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Javier López

NUEVO SURCO

Javier López


La extraña mesa

22/09/2021

Escribía la semana pasada que no ganamos para sustos este año con los fenómenos naturales adversos,  de Filomena al volcán de La Palma. Algo ocurre, pero creo que ni siquiera un presagio de apocalipsis podría callar ni por un momento la volcánica y pertinaz matraca independentista. Cuando hace unos días un operario se puso a retirar una bandera de España preparando la comparecencia de Pere Aragonés tras el encuentro con Pedro Sánchez, un inevitable ‘esto no hay quien lo aguante’ brotó de las entrañas: ¿Hay alguien en su sano juicio que pueda soportarlo? Chulería sin fin de la carcundia independentista  mientras Cataluña pierde fuelle como una de las locomotoras de España a pasos agigantados y Barcelona va quedando relegada en su condición de vanguardia cultural del país ante la pujanza creciente y cosmopolita de Madrid.
La chulería no tiene límites entre los amantes de la estelada que en su empecinamiento de malos perdedores están poniendo contra las cuerdas y en sus horas más bajas a todo lo que ha representado la Senyera. Porque el independentismo ha perdido, -perdió en 2017-, aunque Pedro Sánchez, en virtud de sus pactos electorales, le está dando alas, al tiempo que él mismo pretende ganar tiempo con el relato de la agenda del reencuentro.
Todo lo  se pueda hablar en esa extraña mesa del diálogo y que no rebase los límites de la Constitución también se podría hacer con los mecanismos de interlocución habituales entre el Estado y las comunidades autónomas que lo integran, es más, se debería hacer con el concurso del resto de las comunidades. Lo que plantea el gobierno catalán es un nuevo camino hacia la frustración con el banderín de enganche del ‘referéndum de autodeterminación’ y la ‘amnistía’. No cabe en la actual Constitución de ninguna manera,  Sánchez puede estar estirando el argumento del reencuentro durante dos años, hasta final de la legislatura,  pero o cambian muchos los posicionamientos de la parte independentistas o  en realidad lo que se está haciendo es abonar el terreno a un nuevo conflicto. A estas alturas solamente hay dos salidas: o que el Estado ceda terreno para que el independentismo vuelva a intentar un golpe a la legalidad a la vuelta de unos cuantos años,  o que el Estado recupere el territorio que ha cedido en Cataluña durante varias décadas para hacer valer la igualdad de todos los catalanes establecida en la Constitución, por supuesto desde la máxima consideración y respeto a la personalidad catalana.
Pero la extraña mesa seguirá su curso asentada sobre la bilateralidad entre el Estado y una de las comunidades autónomas que lo integran, lo que ya es un despropósito de primer orden. El llamado problema catalán es, en realidad, una convulsión potenciada desde el siglo XIX por la burguesía catalana apoyándose en bellos resortes sentimentales que por sí solos no fundamentan una nación de una manera distinta a lo que podría ser también en otras regiones españoles, pero que en Cataluña han sido utilizados para conseguir posiciones de privilegio y favores estatales evidentes, como ocurrió  ya en el franquismo con las facilidades a la industrialización de esa zona de España. A partir de ahí, ya en la democracia, Jordi Pujol, uno de los más grandes corruptos de las últimas décadas, se dedicó con esmero y sigilo camaleónico  a diseñar un proyecto de construcción nacional para Cataluña al tiempo que se las apañaba para ser considerado un hombre de Estado en los mentideros madrileños. La moneda era falsa, y se sabía, pero circuló como de curso legal con el beneplácito de casi todos
La moneda sigue siendo falsa y su devaluación es evidente aunque parece innegable que las distintas opciones independentistas tienen una amplia mayoría en el parlament. A nivel de calle, sin embargo, la cutrez de la última Diada ha  mostrado hasta que punto la matraca independentista cansa en una sociedad que lleva más de diez años discutiendo sobre identidades y sentimientos sin que nadie se ponga a tiempo completo a gestionar sus necesidades, ni siquiera en momentos tan delicados como el actual. Con este panorama, la llamada mesa del diálogo es un artilugio confuso, cojo, al carecer de las patas de sustento necesarias, y erróneo en su planteamiento inicial. Así parece complicado que el resultado pueda ser esperanzador.