El Miradero

Francisco Javier Díaz Revorio


La Segunda República

16/04/2021

Noventa años después de su proclamación, ya debería haber llegado la hora de que en los análisis de este fascinante período de nuestra histórica contemporánea predominase la neutralidad y objetividad que cabe esperar en todo estudio científico. Por supuesto, ello es perfectamente compatible con el debate. Pero creo que, en lo relativo a la Segunda República, hemos pasado de cuatro décadas en las que no había libertad para investigar y parecía que no se podía decir nada bueno, a tiempos en los que parece que una tergiversada concepción de la llamada ‘memoria democrática’ tiende a imponer una visión idealizada y utópica de este período, que puede llegar a resultar sesgada.
Creo que, en realidad, la Segunda República tuvo aspectos muy positivos, junto a otros más problemáticos o negativos. En cuanto a lo primero, se aprobó una Constitución pionera en muchos aspectos, una de las primeras en incorporar los derechos sociales, así como el primer Tribunal Constitucional de nuestra historia; se instauró un régimen democrático, desde luego mejor que el período inmediatamente anterior, y probablemente el más pleno de nuestra historia hasta ese momento; se consiguió por primera vez el sufragio femenino, entre tantos otros aspectos. Pero también en este período se llevó a cabo una feroz y violenta persecución religiosa, a veces demasiado tolerada desde las instituciones; se ahondó en la radicalización y el enfrentamiento entre españoles, fortaleciéndose esas ‘dos Españas’ que apenas dejaron espacio a los moderados; y se produjeron crisis, episodios violentos, y abruptas rupturas con la legalidad. Por otro lado, se intentó implantar un interesante y positivo modelo de descentralización política, pero nunca llegó a funcionar adecuadamente. En fin, como casi siempre, luces y sombras. Pero ni las luces sirven a mi juicio para defender en este momento la república como un régimen mejor que nuestra monarquía parlamentaria, ni las sombras impiden que hoy pueda llevarse a cabo una defensa justificada de la forma de gobierno republicana. En realidad, nada de lo que he mencionado tiene que ver con la forma de gobierno o con la jefatura de Estado, y probablemente tampoco nada de lo más relevante sucedido en ese período, salvo quizá la interpretación del complejo episodio de la destitución de Alcalá-Zamora en 1936. Así que el debate actual sobre monarquía y república debería desvincularse de la valoración histórica de la Segunda República. Y en fin, sobre la Constitución… anuncio un futuro ‘miradero’ monográfico. Pero en cualquiera de sus indudables aspectos positivos, es superada claramente a mi juicio por el texto de 1978.