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Luis Miguel Romo Castañeda

Tribuna de opinión

Luis Miguel Romo Castañeda


Wasapeando a Sócrates

03/05/2022

Hace unas semanas conocimos el curriculum de la LOMLOE. Como era de esperar, Geografía de España, Historia Contemporánea, Cultura Clásica, Griego, Latín o una parte vital de Filosofía seguirán en el banquillo de la optatividad. Y rivalizarán en el ring con suculentas asignaturas como Digitalización, Orientación Profesional o Empresa y Negocio. Sin tener en cuenta que las primeras mantienen en la cuerda a las segundas. Hace poco escribí 'Más Alejandros Magnos y menos imbéciles', una columna de la que recibí gratos mensajes, especialmente de la comunidad educativa. En ella respondía a la deconstrucción del autoconocimiento promovida por distintos gobiernos que, bajo el paraguas del progreso, habían mercantilizado nuestra escuela según La barbarie del 'especialismo' de Ortega y Gasset. Situación que nos dejaba el musculo intelectual como el de Fani de la Isla, en un mundo que sustituye reflexión por inmediatez. Situación que hoy nos hace volver a rugir, para esbozar con suma perspicuidad la escuela idónea para el siglo XXI, sin histriónicas demonizaciones al pasado ni cierres al futuro.
Cierto es que nuestra escuela debe mejorarse, pero debe hacerlo sin diarreas conceptuales. Y para eso, necesita del principio de donde emana su impulso: la paideia. Un término 'marciano' para los habitantes de los mundos de Yupi, pero que aporta lo que nunca hemos contemplado ni aparentemente contemplaremos: un currículum  humanista. Primeramente, porque, aunque le apeste al wonderfulismo que hoy defiende que hay que 'aprender a ser inteligente' descuidando los 'contenidos', fue la educación griega, mediante filósofos como Epicteto, la que desenmascaró que la crítica no precedida de conocimiento no es propia de lúcidos sino borregos. Contenidos que fueron, y deberían seguir siendo, interiorizados por la memoria; tanto desde un aprendizaje significativo, emocional, experiencial como memorístico, entre otros. Contenidos que deberían incluir lo que hoy se destierra a la fosa de la optatividad: nuestro pasado. Pues sin él, ya Plutarco defendió en Pensamientos Morales que es imposible reflexionar y llegar a soluciones halagüeñas.  Contenidos que deberían ser puestos en práctica mediante lo que hoy tampoco tenemos, pero sí nuestros griegos: dominio de la lengua. Porque solo a través de la oratoria, persuasión y elocuencia accedemos al discurso del sabio. De hecho, fue Séneca quien afirmó que cuando una lengua se corrompe, lo hacen también sus costumbres. Secundariamente, y para completar su perfil, los habitantes de la Hélade iban a la academia a cultivar su cuerpo. Y por supuesto, a trabajar su 'ser'. Algo en lo que últimamente hemos avanzado a pesar de tantas incólumes autocensuras, noticias falsas y posverdades. Porque sí, los valores no solo se trabajan en casa sino también en la escuela. De este modo, los griegos acudían a la misma a cuidar su alma, controlar sus emociones, perder el miedo, defender la libertad y luchar por el honor.
El fin era lograr mediante la valentía, moderación y justicia, la areté. O dicho en corto, el ciudadano comprometido con la polis y su ley mediante la fusión del saber, cuerpo y alma. Ahora bien, si así debiese ser la escuela del XXI ¿cómo lo sería su alumno? Ni más ni menos que como el prominente alumno de 'La escuela' del Rafael Sanzio. Un ateniense emocional, cooperativo, ruidoso y crítico. Que tenga más preguntas que repuestas, defienda el bien común, y escuche a sus mayores. Que sea impertinente, cuestione el statu quo y no deje alfombra sin hurgar. Que vea en la escuela un intercambio de ideas y valores frente a sus futuras Troyas. Y así también debería ser su maestro, al más puro estilo del padre de la educación y filosofía: Sócrates. Un maestro que ame lo que enseñe, haga pensar sobre lo aprendido, lo conecte con su entorno y lo traslade a nuevos lenguajes. Que tenga compromiso social, salga del aula, aborde retos de actualidad, enlace saberes, potencie el talento y eduque en creatividad. Que defienda la interacción, inclusividad y diversidad. Que guíe en la superación, búsqueda de la verdad y sacrificio por los ideales. Que esté sustraído de todo dogma, rechace la dictadura de la moda y enseñe a no tener más gobierno que el de uno mismo. Y lo más importante: que solo sepa que no sabe nada.
Resulta desolador inferir a través de la sapiencial columna de Ana Nodal 'Unos cuantos jóvenes', lo lejos que yacen de nosotros los heroicos mozos de la poesía de Píndaro. Y cómo nos aproximamos a una nueva caída de Atenas, a una nueva bancarrota intelectual y moral. La creciente inestabilidad política y desconfianza por las instituciones, el fervor por la distopía de los extremismos, la devoción por utilizar el consumismo como sedante, el triunfo del relativismo moral y la progresiva descomposición de los vínculos sociales (desde el propio humor hasta la mismísima Vega Baja de Toledo) suponen un jaque mate para nuestras democracias. Un gambito de dama frente al que cada vez hay más jóvenes claudicados en el inmovilismo, seguidismo y connivencia. Y que nos refleja nuestra extrema necesidad de areté
Atenas volvió a ver la luz tras los persas. No cabe duda de que nuestra polis también lo hará. Pero solo mediante una escuela que, además de sabios, forme ciudadanos: la paideia. Y ni que decir tiene que si algo caracterizó al demos griego fue no destruir sus bases, sino transformarlas. Y adaptar las nuestras a la sociedad posdigital es necesidad imperiosa. Para lo que es necesario un Pacto de Estado por la Educación que garantice estabilidad, inversión y dignificación a su profesorado. Más insisto: humanismo. Porque quien no sabe de dónde viene, ni cómo pensar, nunca será ciudadano sino súbdito. Y el bebelejías que pretenda someter la paideia a ideología o defienda que es ajena a nuestro futuro, no solo es un peligro para sí mismo sino para los demás. «No hay mayor bien que el de la paideia» decía el gran poeta Menandro. Y es cierto, esta siempre será el refugio de toda humanidad. Y nuestra única garantía de libertad.

ARCHIVADO EN: Educación, LOMLOE, Siglo XXI