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Javier López

NUEVO SURCO

Javier López


La barra de bar

06/10/2021

Ya nos ha quedado claro, en la dura experiencia vivida durante los últimos años, desde aquella fatídica primavera encerrada del año 2020, que en España la patria es el bar, antes que nada. Si no lo tenemos languidecemos sin remedio. Antes que nuestras glorias del pasado, nuestras zozobras del presente, nuestros orgullos democráticos y nuestros proyectos de futuro. Antes  que la gastronomía y las catedrales. Si finalmente, como sostenía nuestro Ortega y Gasset, la nación es o debe ser un sugestivo proyecto de vida en común, aquí los proyectos se hacen acodados en la barra del bar, y luego se cumplen o no. Y sí la patria se construye un parlamento, aquí el parlamento más genuino es el bar de la esquina, y la barra el salón de plenos. Recuperarla es recuperar la normalidad.
La patria es viable si hay libertad para vivirla, y para sentirla, para saborearla cada uno a su manera, y ahora toca ir retomando libertades y normalidades básicas, un poco a trozos y en retales autonómicos. Estamos ciertamente en los días del levantamiento de restricciones, los aforos vuelven a ser completos, los amigos vuelven a celebrar su cumple a pleno pulmón en el salón de casa, los besos retornan a nuestra vida tímidamente, y los bares reabren su barra. La barra es en el bar español el fuego del hogar, el parlamento genuino, el confesionario y el tribunal. Renunciar a ella es vivir en un país a medio gas, como de hecho hemos vivido aquí durante la pandemia fatídica que ha marcado nuestra vida y se ha llevado por delante la vida de muchos de nuestros mejores.
La pandemia sigue y seguirá mientras que las autoridades sanitarias mundiales no digan lo contrario, no sería bueno cantar victoria antes de tiempo ni decretar el final de la guerra cuando sigue habiendo bajas provocadas por el ejército invasor, pero es bueno que la vida vaya retomando su pulso, poco a poco, con cautela y con todas las prudencias necesarias, porque el miedo no se nos va a ir del cuerpo tan fácilmente,  no hay más que ver lo poco que estamos corriendo a quitarnos las mascarilla incluso en los espacios en los que ya no es obligatorio llevarla puesta. Lo dijo Sánchez en los primeros compases del verano, y pocos le hicieron caso. La mascarilla se ha adherido a nosotros y algunos la han convertido en un amuleto amable y hasta favorecedor por dejar al descubierto la mirada en toda su potencia.
Tengo para mí que la mascarilla, una vez que la normalidad se vaya imponiendo, será una de esas cosas que permanecerán entre nosotros como vestigio del desastre, sobre todo en los más precavidos y amantes de la salud que seguirán usándola en espacios públicos y congestionados para evitarse más de un constipado, o gripe, o vaya usted a saber qué.  Porque de esta salimos mucho más desconfiados e hipocondriacos. También seguiremos usando los hidrogeles, que siempre son un remedio muy socorrido para higienizar las manos. Los usaremos, eso sí, con más moderación y con menos compulsión que en aquellos días del confinamiento en los que el mensaje central de los gobiernos era que lo más importante que podía hacer la población asustada era lavarse las manos, y quedarse en casa, claro. Fueron días teñidos de un cierto surrealismo en los que el lavado de manos fue la obsesión  nacional y nos parecía ver una partícula de virus con la guadaña preparada en la última esquina del mueble de la cocina donde guardamos la vajilla de los días ordinarios. Una auténtica obsesión que hemos vivido sin barra y sin bar. Ahora reabren con limitaciones y podremos aparcarnos de nuevo allí si hay taburete para sentarse y con mascarilla, pero es un alivio. La vida comienza a ir por donde solía.
Los campos podrán ir llenándose de nuevo, y también los teatros o las iglesias, aunque lo más tranquilizador para todos será ver que en el bar que todos tenemos en la esquina de casa hay unos cuantos corrillos de personas hablando, vociferando o queriéndose en la barra. Cuando eso lo volvamos a ver como algo habitual en nuestra vida,  sin extrañarnos demasiado y sin que por ello aumenten los contagios de forma alarmante, será cuando podamos decir que la pesadilla del Covid19 va quedando definitivamente atrás. No puede haber en España una señal más esclarecedora  que la añorada normalidad vuelve y lo hace, -esperemos-, para quedarse al menos durante un largo periodo de tiempo.

ARCHIVADO EN: Gastronomía, España, Pandemia