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El sector agrario, entre tres fuegos

SPC
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El campo se halla atrapado por los costes de producción, el poder de las industrias y la distribución y, ahora, por la ola de incendios que se ha desatado

El sector agrario, entre tres fuegos - Foto: Alberto Rodrigo

El sector agrario en su conjunto ha sufrido un año negro como consecuencia, entre otros puntos, del fuerte incremento de los costes de producción básicos, con subidas medias del 50% en los piensos y del 200% en la energía o los fertilizantes. Aunque sobre el papel, con la aplicación de la Ley de la Cadena, quien adquiere los productos a los agricultores o ganaderos -industriales, operadores o distribución- tiene la obligación de pagar como mínimo el importe de esos costes, lo cierto y denunciado reiteradamente por el sector es que esa normativa no se está cumpliendo de forma generalizada, fundamentalmente por dos razones.

La primera, porque no existe una política de control suficiente para llegar a todos los puntos o al menos para hacer sentir inseguridad a quien no la cumple bajo el riesgo de una sanción. La segunda, porque aunque existe una ley, la realidad es que, a la hora de negociar, la venta se hace con unos productos perecederos, con fecha de caducidad, a los que hay que dar una salida, con un claro desequilibrio de poder entre quien compra y quien vende a la hora de imponer sus posiciones.

Y todo ello, además, en un momento de crisis como el actual, en el que los industriales, a la hora de pagar unos precios en el campo, hacen sus cuentas mirando de reojo sus posibilidades de precios de venta a una distribución enzarzada en una guerra a la baja para mantener sus cuotas de mercado y ante unos consumidores que sufren una elevada inflación y dificultades en millones de hogares para llegar a final de mes.

En este contexto, se puede decir que el sector agrario, como el final o el principio de la cadena alimentaria, según se entienda, se halla atrapado por dos fuegos, el de los costes más elevados para producir y la dificultad para trasladarlos al otro extremo de la cadena. A todo ello, hoy se suma además un tercer fuego: el fuego real arrasando campos y explotaciones; pero no por el cambio climático, sino por el abandono del territorio de forma directa o indirecta por parte de todas las Administraciones y sus políticas, entre las que destaca el tratamiento a las cabañas extensivas comenzando por el ensalzamiento del lobo frente a los ganaderos. Tenemos más lobos -ya no en la Sierra de la Culebra, calcinada, que era una reserva para ellos- pero hay menos ovejas y todos los pastos arden.

Frente a este panorama de costes elevados y los interrogantes sobre los riesgos y las posibilidades reales de vender cubriendo los costes, una parte importante del sector agrario, especialmente el ganadero, al no depender de la climatología, se viene ya planteando en los últimos tiempos la necesidad de autoaplicarse nuevas estrategias. Estrategias encaminadas no a ganar más, sino al menos a evitar mayores riesgos, sortear el trabajo a pérdidas y que los beneficios de su esfuerzo para abastecer al consumidor no solo se queden el resto de la cadena como sucede básicamente hoy en frutas de verano y hortalizas.

En esta estrategia se hallan ya las actuaciones llevadas a cabo en la avicultura de carne. En esta rama productiva, al margen de las guerras entre integradoras y granjeros integrados, ante la fuerte subida de los piensos y las dificultades para repercutir totalmente los mismos en los precios de venta se están poniendo en práctica políticas centradas en meter menos animales en cada crianza y, en paralelo, espaciar más los periodos entre camada y camada de pollitos.

Una situación similar se ha producido en el sector del vacuno de carne. Ante los mismos temores que atenazan a los avicultores, estos ganaderos ha reducido el número de animales que mandan a los cebaderos; esto, previsiblemente, se notará en el mercado en los próximos meses. En el caso del porcino, con la reducción de ventas en el mercado chino, aunque se mantienen elevadas, se paró la línea de incrementos en los censos para ajustar los mercados, parar una caída y remontar las cotizaciones. En el ibérico, muchos ganaderos están optando por vender los lechones antes que asumir el riesgo de su crianza.

En conjunto se podría decir que habría miedo a producir más a mayores costes sin saber muy bien si van a existir posibilidades de venta por encima de los costes de producción.

En el caso de producciones agrícolas, los ejemplos en esta dirección, al margen de los efectos inesperados provocados por la climatología, son abundantes. Hace una década los agricultores pedían apoyos para levantar miles de hectáreas de cultivos de frutas de hueso por el cierre del mercado ruso. Hoy estamos viendo esto mismo en el olivar, donde, por la crisis de la demanda, se teme que, ante otra cosecha baja en producción, puedan bajar igualmente los precios en el campo.

fuego real.

Esta ardiendo el territorio. Oficialmente abundan argumentos referidos al cambio climático y a las cifras récord de las temperaturas. Hace medio siglo, a la dos de la tarde, en la era, a bordo de un trillo, ardía la tierra y era habitual oír a los mayores: «Es fuego, deja que trille el sol».

En España el censo de ovejas en el campo llegaba a los 25 millones de cabezas en extensivo frente a los 15 millones de hoy y los menos que permanecerán mañana con el permiso del lobo defendido desde el Ministerio para la Transición Ecológica. Estaban desbrozados montes y caminos. Las eras en esa Castilla profunda donde hoy, llegado el verano, se debe segar la hierba para depositar las parvas de cereal, estaban limpias como campos de fútbol. Los montes, con sus permisos, se limpiaban para aprovisionarse de leña de cara a los inviernos. Ganaderos y agricultores protegían el campo contra los incendios cuando no había un seguro agrario y hoy lo siguen haciendo con seguro.

Sorprende, en positivo, que sean escasos y de volumen reducido los incendios ocasionados en el campo por la actividad de las cosechadoras con los agricultores a pie de máquina cigarro en mano, pero escupiendo y enterrando cada colilla. El hecho de que una parte muy importante de los incendios se produzcan en zonas protegidas o de reservas de la naturaleza y menos en terrenos forestales comunales, donde una parte de sus ingresos cada año depende del aprovechamiento de su madera, es como para darle una pensada a la política oficial.