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El enemigo no es Vox

Carlos Dávila
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Abascal sabe que su posibilidad de ganar unas elecciones es inabordable hoy por hoy, por eso trata de someter a quien le puede otorgar una cuota de poder

El político vasco es consciente de que los hipotéticos acuerdos a los que haya que llegar con el PP después de los comicios para poder gobernar son muy difíciles. - Foto: Rafa Alcaide

Aunque, de verdad, a veces se comporte como tal. Yendo por lo fino un destacado directivo del PP califica al partido de Abascal como «una insoportable mosca testicular». Disimulo el adjetivo porque a la gente le enoja el diccionario secreto de Cela. Pero, a lo que vamos: Vox a cada instante, en cada proyecto, ante cualquier iniciativa hace sudar la gota gorda a sus antiguos correligionarios que no quisieron seguir la huella del líder carismático, que eso es lo que él se cree. Un día, tras disfrutar durante décadas de las sinecuras que le ofrecieron, primero, Aznar, luego, Esperanza Aguirre y siempre Rajoy, decidió que aquella formación en la que militaba era nada menos que la derechita cobarde. Si su padre, la auténtica víctima de ETA, hubiera levantado la cabeza hubiera dicho al niño tránsfuga: «Pero, muete, ¿tú de que vas?»

Pues va de Guerrero del Antifaz, el disfraz este que sustituye últimamente por una higiénica mascarilla. Tras calificar a su expartido con los peores de los nuestros que puedan recordarse, aún se sigue quejando de que gentes como Casado, que le tuvieron por amigo, respondan con alguna crudeza a las expresiones de El Coyote y de su tribu de colegas enfurecidos. 

Abascal sabe que su posibilidad de ganar unas elecciones es inabordable, hoy por hoy, por eso trata de someter a quien le puede otorgar una cuota de poder, por pequeña que sea, a una estrategia de acoso y derribo que ni Hermoso de Mendoza con sus toros más rebeldes. Claro que, en esto, hay grados. De pronto, aparece, el que, sin duda, es el político más serio, mejor fundado de la organización, Iván Espinosa de los Monteros, y se presenta como un moderado con el que alguien puede llegar a entenderse. 

Hace tres meses, un grupo muy reducido del periodistas nos reunimos con él en amable compadreo y de aquel almuerzo me quedó esta frase. «El PP tiene que darse cuenta de que nosotros no le consideramos enemigo». Un comensal (los lectores tienen que saber que no fue este cronista) casi en silencio clandestino, le replicó: «pues no se nota». 

Y eso sucede: que no se nota. Pero, ¿qué sucede? que por más patadas en el bajo vientre que aticen al PP (en eso es perita la remilgada Monasterio), y por más mandobles que el secretario Egea les devuelva, ambos tienen que, como las novias antiguas, que seguir hablándose. 

Ahora, después de la Convención lujosa de Valencia, Abascal ha querido decolorar el éxito, soltando un puyazo en todo lo alto, de los que duelen al animal más recio. Ha dicho: «Yo con Casado no hablo, con Ayuso sí». El cronista ha preguntado en el círculo de la presidenta madrileña y la respuesta ha sido ésta: «No tenemos noticias de esas conversaciones». Abascal pretende ensangrentar la grieta herida entre Casado y Ayuso que, por un momento, se ha visualizado, y ha intentado abrir otra vez la roja sandía del enfrentamiento. No ha tenido fortuna: nadie le ha contestado.

Pero esta pirueta malvada es una más de las que el Partido Popular soporta y un episodio de los que convierten en casi irresoluble la relación entre los dos líderes y sus partidos. A los zurriagazos constantes de Vox contesta el PP con el ninguneo más absoluto. El mensaje que ha difundido Casado en su reciente, y larguísimo, discurso de Valencia, ha sido nítido y muy comprometido: «Con Vox -ha venido a señalar- ni a recoger una herencia». Un brutal desdén que, en opinión del partido verde botella, convierte en imposibles los hipotéticos acuerdos a los que haya que llegar en un futuro más cercano que lejano: elecciones municipales y autonómicas de mayo de 2023, elecciones generales de enero de 2024.

Y, sin embargo, se mueve dejó escrito Galileo. Lo que en el román paladino de ahora mismo, se traduce así: se necesitan. El PP porque ya ha exprimido hasta la extenuación la ubre de los depauperados Ciudadanos y precisa que algunos volatineros, tipo Abascal, regresen a la casa común, y éste porque ya tiene comprobado que exigiendo tanques para la Diagonal y convirtiendo a Madrid en una sucursal de aquel Méjico de Fox, sucursal de la repulsiva secta y peligrosísima El Yunque, no va a tocar pelo en los próximos comicios. Es cierto el desahogo de Espinosa: «Nosotros no somos sus enemigos», como lo es la réplica del PP en estos términos: «Entonces que no nos traten de matar». Así de cruda está la actualidad en el campo de minas de la derecha española. 

Trapisondista

Hay un tipo a todo esto, sin principios, sin fundamentos, que se ríe las tripas en cada suceso de este jaez. Un autócrata cada vez más rechazado que, eso sí, se le da de miedo, ordenar a sus cuadrillas, algunas francamente arrabaleras, que se lancen a las esquinas a cuchichear a la derecha. Un dato notable y significativo. El domingo, cuando Casado estaba haciendo relación completa, incluso sobreabundante, de su próximo programa de gobierno, el trapisondista de la Moncloa ordenó parar la transmisión televisiva del acto de Valencia, y se metió en la alterada paz de nuestros hogares, que diría Franco, para prometer a los palmeños asfixiados por el volcán, 200 millones de euros que, en ningún momento, reveló de dónde los va a sacar, entre otras cosas porque, como en todo, no tiene la menor intención de cumplir; que se lo digan a los malagueños que esperan sentados la ayuda que les endilgó frívolamente Sánchez tras las devastadoras riadas.

Por tanto, esta coda en forma de mensajes. Para el PP: Vox no es el enemigo, aunque su sola cercanía tocando habitualmente los costados, resulte a diario insufrible. Y, ahora, para Vox: sin el PP siempre serán como el pariente pobre al que se le da de comer pero que luego no agradece el solomillo. Está claro: a quien no hay que ofrecer nada es al verdadero enemigo de todos, al depredador de España: Pedro Sánchez Castejón, creo que se llama. Unos y otros, no os confundáis de enemigo que este rapacero individuo en un descuido os ahoga en la alberca.