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Pedro Carreño

La Ínsula

Pedro Carreño


La estación

06/09/2022

Fueron muchas las ocasiones en las que Pedro, a galope de alta velocidad, cruzó La Mancha. De forma protocolaria y casi supersticiosa, siempre buscaba en el vagón un asiento con ventana. Lo ocupaba parsimoniosamente, saboreando el momento, y clavaba la mirada en las infinitas fotografías manchegas que le aguardaban más allá del cristal.
De tanto viajar y mirar, pronto empezó a reconocer espacios y lugares. Por el tiempo transcurrido desde la partida, sabía qué paisaje le aguardaba sin saber dónde se encontraba. De todos los que almacenaba en su retina, aquella vieja estación ferroviaria derruida -a menos de sesenta minutos de viaje-, era su instantánea preferida. Pedro se enceló en esa imagen, y con esas piedras que aún se sostenían hidalgas en un campo quijotesco. Ruinas de vidas que ofrecían al viajero un lienzo equilibrado, bello y hermoso. Aunque solo durara unos segundos. Cuando calculaba la llegada de aquella vieja estación -de la que desconocía su nombre-, el viajero abría el obturador de sus ojos todo lo que podía. Una fotografía del pasado en color, que se resistía a morir en el sepia de la memoria.
En uno de esos viajes, Pedro se notó extrañamente cansado. Pegó su cabeza a la ventana, lentamente, resistiéndose a cerrar los ojos antes de fotografiar su vieja estación. Pero no lo consiguió. Sus párpados se negaron a permanecer abiertos y cayó dormido.
Un golpe suave en su hombro le hizo creer que abría los ojos. Miró a su lado y, en el asiento vecino, vio a un anciano muy menudo. Gastaba boina, blusón y pantalones de pana. Solo tenía un brazo y, con el que conservaba, liaba con extrema habilidad un pitillo de caldo.
«Hola -dijo el anciano-. Me llamo Pedro y vivo aquí, en la estación de Los Yébenes, con mi mujer y mis dos hijos. Soy pastor, y todos los días cruzo las vías para guiar las cabras más allá del Algodor». Su tocayo, el viajero, miró por la ventana y quedó perplejo: el tren estaba parado y la estación desbordaba vida por todos lados, repleta de viajeros, viajantes, agricultores, ganaderos e incluso, algunos niños jugando en un vagón de madera estacionado y reluciente. Todos se besaban, despedían y abrazaban en una foto repleta de vida.
«Entre los salamanquinos, algunos agricultores, ferroviarios y mi familia -los Carreños-, vivimos en, y de la estación, unas cuarenta personas», dijo el anciano Pedro. «Quiero que veas mi pasado para que lo tengas presente en tu futuro, y no lo olvides. Cuenta lo fuimos, y lo que significó esta estación para Los Yébenes. También para ti».
El viejo pastor calló, y su imagen se desvaneció como el humo de su pitillo. Antes de desaparecer, pasó la única mano con la que contaba por la cabeza de Pedro, el viajero, y la acarició como un abuelo hace con su nieto.
Una voz enérgica, pero sin estridencias, pidió el billete a Pedro y lo rescató del sueño. De forma lenta, entregó su billete al revisor mientras miraba por la ventana. En ese instante, la fotografía de la estación -como en todos los viajes-, se le apareció durante unos segundos. Pedro, aún entre el sueño y la realidad, recuperó la imagen y las palabras del viejo pastor. Prometió cumplir su petición y cuentan que lo hizo.

ARCHIVADO EN: Los Yébenes