scorecardresearch
Ana Nodal de Arce

Me la juego

Ana Nodal de Arce


Lazos morados

25/11/2021

En momentos en los que se niega la violencia de género e, incluso, a través de ciertas teorías, la propia figura femenina, sustituida por apelativos como 'sujeto gestante', cobra más importancia que nunca el 25 de noviembre, bautizado como Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Aunque sea mediante lazos morados, actos reiterativos y reivindicaciones silenciosas, no debemos olvidar esa fecha. La sociedad al completo debe involucrarse contra esta tragedia.
Los datos son escalofriantes. Tendemos a hablar de cifras de asesinadas, pero tal vez si escudriñásemos el alma de las que siguen vivas, llegaríamos a comprobar cómo las heridas o las cicatrices les han cambiado su existencia para siempre. Porque difícilmente sanan. Y estamos hablando de miles de mujeres, que callan su miedo, sus abusos, sus golpes o sus daños emocionales, por vergüenza ante una sociedad que, muchas veces, las juzga sin piedad. Hemos avanzado, pero muy lentamente.
Eso de que 'yo no lo aguantaría' o 'síguele la corriente, verás cómo cambia', son frases que, por desgracia, se repiten más de la cuenta en el entorno cercano a la víctima, que se cierra, se hunde, se paraliza, sin ver una salida más allá de la relativa calma que encuentra tras ese portazo que indica que su verdugo se ha ido. De momento.
La violencia contra la mujer también se traduce en salvajes agresiones sexuales que no cesan. Algo falla. Se me abren las carnes cuando escucho que a una niña de 16 años de Igualada le han violado y torturado, hasta casi matarla. Y que el ministerio de Igualdad ha mostrado un tibio rechazo, ante la ira de muchas de nosotras que no entendemos que haya víctimas de primera o de segunda, que no comprendemos que los casos se aborden de manera distinta en función del asesino, del violador, sin tener en cuenta que la importante, los que nos duele es la víctima, cuya vida han aniquilado porque sí.
Hay otra forma de crueldad extrema, la bautizada como violencia vicaria, esto es, hacer daño, matar, a los hijos, para que la madre deje de ser persona. Padezca un sufrimiento infinito. Los monstruos que atacan a los niños no pueden vivir en sociedad. Y ahí el sistema, empezando por el judicial, tiene mucho que decir. La vida de un menor es impagable. Y sus derechos son sagrados. Ante cualquier atisbo de mal, hay que prevenir. Como sea, con todos los medios que sean menester.
¿Qué hacemos? Es preciso incidir en la educación, mucha educación, no doctrina, para que los chicos aprendan a no repetir conductas machistas. Pero con ejemplos reales, no con teorías que generan rechazo, mofa y desencanto. Hay que enseñarles a ellos, pero también a ellas. Y no con máximas grandilocuentes, ni sectarismo, sino desde el sentido común, desde la coherencia, desde la ecuanimidad. Los chicos, los hombres no son malos, no son sus enemigos. Son esas jóvenes las que deben poner límites, aprender a distinguir. Y comerse el mundo, que está ahí, a su alcance. Para que manden, si quieren. O no. Y a quienes durante estos días lucen lazos morados, cuando son machistas de primera, conozco a varios y a varias, les deseo que algún día vean la luz y expíen su hipocresía.