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Editorial

La degradación del debate político y el creciente deterioro institucional

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La deriva no es positiva y hace estéril el debate político, al tiempo que ensombrece el papel del Congreso como foro de excepción para confrontar ideas de forma civilizada y como engranaje legislativo llamado a mover el país. Sin embargo, la bronca, el insulto y la descalificación del adversario es lo que impera de un tiempo a esta parte, en un espacio, el hemiciclo, símbolo de nuestra democracia. Allí donde se expresa la élite del país, los elegidos para liderar el presente y futuro de nuestro país. El horizonte electoral y los antecedentes más cercanos no presagian un cambio de actitud de aquellos que se amparan en la polarización política y el frentismo para atentar contra la dignidad institucional.

El comportamiento de los representantes políticos, sobre todo en la Cámara Baja, ha acelerado el debate sobre cómo frenar una escalada verbal para nada ejemplarizante. Las dos últimas semanas han sido prolijas en ejemplos de una dialéctica basada en el ataque personal y que parece destinada a eclipsar la falta de ideas o a disimular errores propios. En el primero de los casos, Vox ha hecho de la provocación su modo de expresión habitual y la fórmula para llegar a su electorado más radical. Es inadmisible el ataque personal a Irene Montero, a través de la figura de Pablo Iglesias, o las palabras este jueves de Espinosa de los Monteros al tildar a los socialistas de «filoetarras». Tampoco es tolerable que la ministra de Igualdad pase en apenas 24 horas de víctima de la «violencia verbal» a agresora. El acusar al PP de «promover la cultura de la violación», unas palabras que no han encontrado respaldo ni en sus socios de coalición, solo trata de desviar la atención sobre las nefastas consecuencias de la aplicación de la ley del 'solo sí es sí'. Las menciones a ETA son habituales en el 'debate' político y conviven con la creciente devaluación de lindezas como «fascista», calificativo que pierde su gravedad por la ligereza en su uso. A su vez, asistimos a una creciente teatralización del discurso político, que rebaja el mismo a categoría de meme, en un ejercicio de banalización de cuestiones vitales para el devenir de la sociedad. Tiene trabajo la presidenta del Congreso, Meritxell Batet, para reducir la crispación, una medida que ha de pasar por desprenderse de sus siglas y tratar a todos con el mismo rasero.

Junto a la política insulto que prolifera en estos tiempos, el Gobierno y sus modos de proceder también han contribuido al deterioro institucional negando espacios de debate a sus adversarios. El intento de manoseo de la Justicia, las puertas giratorias y la colocación de afines, las reformas a medida como la sedición o el recurso constante al decreto-ley (más de 130 en toda la legislatura) aborta cualquier atisbo de debate. La nota positiva es que, pese a los mensajes que emanan del Congreso, esta violencia verbal no termina de permear entre una población que, más pendiente de cuestiones cotidianas, está por encima del comportamiento de sus representantes políticos.