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El coste de no atender la soledad

Agencias
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Un 12 por ciento de la población padece este estado de ánimo que puede ir acompañado del consumo de fármacos o bajas laborales que serían evitables con políticas de prevención

El coste de no atender la soledad

La soledad es uno de los mayores temores que atormentan al ser humano. Esa invasión de un estado de vacío, a pesar de estar rodeado de gente, puede ir acompañada de un mayor consumo de fármacos, más bajas laborales y es que estas son las consecuencias de no atender esa soledad no deseada con políticas preventivas que aborden de frente estas situaciones que afectan al 12 por ciento de la población en España y que, además de los resultados emocionales y personales, tienen un alto coste económico.  

Algunos países como Canadá o el Reino Unido ya han empezado a actuar planificando campañas para combatirla, e incluso han medido el coste de no tenerla en cuenta: en torno a 10.000 euros por persona y año, como es el caso de Gran Bretaña.

Si no nos tomamos en serio este estado anímico no deseado, ¿puede ser una enfermedad grave para la sociedad? «Sin duda», explica la presidenta del Observatorio Contra la Soledad no Deseada, Matilde Fernández.

«De tristeza pasaría a depresión, de soledad a aislamiento y los aislamientos y las soledades muy profundas de las personas acaban a veces con muertes de personas que viven solas; en una sociedad civilizada no podemos permitir enterarnos tarde y mal de la muerte de unos vecinos», lamenta Fernández.

El observatorio, que arrancó el pasado mes de abril con el impulso de la Fundación ONCE y el apoyo de las principales entidades sociales, trabaja en la elaboración de esa factura de la desatención.

«Esperamos tener a finales del año ese coste de no atender la soledad, hay cosas que se pueden medir bien en el campo de gasto sanitario y de las bajas laborales, y eso implica costes de desempleo y de prestaciones», señala la exministra socialista de Asuntos Sociales y Bienestar Social entre 1988 y 1993.

Pequeñas iniciativas

Uno de los objetivos del observatorio, junto al de realizar estudios para radiografiar esas situaciones, es detectar las buenas prácticas que están llevando a cabo fundaciones o pequeñas administraciones para aprender de ellas y ponerlas en marcha. Propone aprender de iniciativas, como la implantada en el pueblo cacereño de Pescueza, donde hay barandillas en la calles y un carril para facilitar el desplazamiento a personas con dificultades de movilidad, suelo antideslizante y sobre todo un centro con servicios para los mayores -comida, lavandería, ocio, teleasistencia- sin dejar de vivir en sus propias casas.

«Hay que hacer una sociedad más de comunidad; no hombres por un lado, mujeres o mayores por otro, sino seres humanos que viven en el mismo entorno y buscan soluciones conjuntas para la soledad, la incomunicación o el aislamiento».

 «En lugar de una pastilla para la tristeza, hay que facilitar la asistencia al teatro, al cine o a un concierto; llevar la cultura a los barrios es un plan estratégico muy útil», propone la experta en asuntos sociales. Porque la soledad no deseada tiene rostro de mujer y de persona mayor, pero afecta más a jóvenes y no distingue entre estratos sociales y segmentos socioculturales.

Un 10,9 por ciento de las personas de entre 16 y 74 años que viven en España afirman haberse sentido solas frecuente o muy frecuentemente durante el último año, «un problema de primer orden» para el 92 por ciento de la población, según un reciente estudio del observatorio. Al final de la década, un 25 por ciento de los habitantes en Europa tendrán más de 65 años, eso implica pensar en unas viviendas y lugares de encuentro más amigables, apunta. 

En 10 años, añade, las personas en situación de soledad no deseada han pasado de ser el nueve al 12 por ciento que en el caso de la personas con discapacidad se eleva al 23 por ciento. «La soledad es un sentimiento subjetivo de las personas, pero los factores que producen soledad son de tres tipos: la ausencia de familia, quedarse sin amigos y tener discapacidad o enfermedad que aísle a esa persona», concluye.