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Pedro Carreño

La Ínsula

Pedro Carreño


El día mundial

17/05/2022

Un día como hoy, sería una delicia para afrontar un folio en blanco y escribir una columna. Temas no faltan, según todo lo que se celebra esta jornada. Si usted, sabio lector, conecta la radio, ve la prensa, pone la tele o se conecta a algún digital, sabrá que hoy es el día de muchas cosas. Y todas importantes y dignas de ser recordadas. Incluso celebradas.
Es aquí donde nace el dilema, y comienzan los problemas para arrancar esta columna. En elegir el tema correcto. En hacerlo atractivo y sugerente, para enganchar al lector en este espacio tipográfico del 17 de mayo.
Según los recordatorios, hoy es el día mundial de muchas cosas y hay para elegir (o de pocas, si se compara con algún concepto universal). Comencemos a enumerarlas. Hoy el día mundial del Horticultor. A la jornada hay que añadir el día mundial de la Hipertensión Arterial. Y como el planeta da para mucho, también es el día mundial de las Telecomunicaciones y la Sociedad de la Información, de Internet y del Reciclaje. También -hay que recordar-, hoy es el día internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia.
Todas estas conmemoraciones, por sí solas, deberían ser motivo de brillantes y celebradas columnas. Todas tendrían un mérito inmenso, y recordarían la importancia de los celebrado el día de hoy para el devenir de la humanidad.
Esta columna ya empieza a dar bocanadas, y su responsable aún no se ha decidido por el tema a tratar. Su reconocida angustia dubitativa (y seguramente escaso criterio), le impide elegir un tema y desarrollarlo.
Cuentan que días antes de enviar esta columna al director del periódico, el autor de la misma recopiló todas las columnas escritas para el día de hoy. Cada una con su contenido sobre el día mundial correspondiente. Las leyó, releyó, corrigió y cinceló. Y a punto estuvo de darle al enter para que el correo electrónico realizará su función, y que el director, (a quien aprovecha para saludar públicamente) eligiera qué columna sería la agraciada, con mucho y mejor entendimiento y criterio.
Pero el que firma arriba no se atrevió. En su desesperación, tiró las columnas al aire con la intención de que, aquella que llegara al suelo en último lugar, fuera la elegida y publicada. Así lo hizo. Las lanzó lo más alto que pudo y esperó cómodamente sentado el desenlace.
Ocurrió que el plumilla firmante dejó la ventana abierta de su despacho y, en el momento en el que las columnas se deslizaban livianas en el aire, una ráfaga de viento entró impetuosa en la habitación. Todo ocurrió ante la mirada atónita de quien las había escrito, aún sentado y paralizado por la terrible y agónica escena ventosa.
Las hojas salieron del despacho como un torbellino. Fueron de calle en calle, de esquina en esquina, de pueblo en pueblo y se perdieron en el gran horizonte manchego. Y nadie, nunca, supo el destino de aquellos folios, ni de lo que decían de esta jornada tan mundial.
El caprichoso Eolo juega con nuestros días. Y más en esta tierra de vientos y molinos. El viento se lleva nuestros días. Nos trae y nos lleva sin que nada, ni nadie, lo impida. Los días, se pasan, se pierden. Se ganan o se conmemoran. Incluso los mundiales.
Aunque nos los soplen al oído cada año.