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sábado, 25 de mayo de 2013
Castilla La Mancha
Personajes, parajes y pasajes

Hernán Pérez del Pulgar y García de Osorio, el de las hazañas

Almudena de Arteaga - domingo, 29 de julio de 2012

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Quinientos doce años hubiese cumplido antesdeayer ya que pariome mi señora madre un caluroso 27 de julio de 1451 en Ciudad Real para casi de inmediato llevarme a bautizar a la Iglesia de Santa María la Mayor. Apenas di mi primer paso en la vida,  comencé a jugar en el patio de mi casa armado con espadas de madera y desde muy niño le tomé el gusto a los juegos de guerra, a los yelmos, las armaduras y las contiendas en general.
Clara ya mi tendencia principal, en cuando se me ofreció la oportunidad de acudir a la guerra, aunque solo fuese como escudero, no la desperdicié.
Por aquellos tiempos dos bandos se alzaban en armas. El primero luchaba en nombre del Rey de Portugal que apoyaba incondicionalmente a la supuesta hija de nuestro difunto Rey don Enrique de Castilla y que pese a lo que algunos asegurasen de sangre real no tenía una gota pues fue engendrada por Don Beltrán de la Cueva y por ello la llamábamos la Beltraneja. Contra ellos luchábamos lo defensores a ultranza de nuestra ya jurada reina Doña Isabel la católica, hermana del difunto Rey y legítima sucesora del trono de Castilla.
Apenas cumplida la treintena tuve el honor de luchar a las órdenes del Duque de Cádiz el sitio de Alhama de Granada contra los musulmanes. Viéndonos casi derrotados y sin remedio previsible, decidí un atardecer aprovechar la penumbra del ocaso para a solas y en silencio salir de la fortaleza y eludir el cerco al que nos tenían sometidos los enemigos. Cabalgando sin cesar mi intención no era otra que llegar a Antequera para pedir ayuda y lo conseguí. Este arriesgado lance me fue reconocido con creces ya que Alhama era uno de los más importantes bastiones que los musulmanes tenían en mente recuperar y la imposibilidad de haberlo logrado les enfureció. Después del triunfo, mi Señora la reina por una Real Cédula, me otorgó el título de General de Alhama y así fue como de escudero pasé a capitán en apenas diez años.
Tras aquello mi mirada seguía puesta siempre movediza frontera entre el reino Nazarí y el Cristiano y no anhelaba otra cosa que seguir luchando para conseguir arrebatar más terrenos al enemigo soñando como tantos, con algún día echarles para siempre de Andalucía. Para ello me dirigí junto a una hueste de ochenta hombres al castillo del Salar dispuesto a acatar las ordenes del Rey Don Fernando que no tardaría en reclamar mi presencia en la toma de Vélez-Málaga y la posterior batalla de Bentomiz.
Pasado aquel trance, fui emisario en las negociaciones de la rendición de Málaga. Al fin los angustiosos meses, durante los cuales grandes generales como ‘el artillero’ se dejaron el pellejo día a día habían merecido la pena. Hubo un momento en que los ánimos a punto estuvieron de decaer y la misma Doña Isabel se vio obligada a dejar la retaguardia para acercarse a primera línea de fuego e impulsar así con su ejemplo el valor de los exhaustos soldados.  
Cumplida mi misión como emisario, me dirigí a Baza y la fortuna me llevó a topar con  uno de los mas temidos enemigos, el prestigioso general musulmán Aben-Zaid a quien di muerte. El rey me hizo su caballero y como tal me concedió el honor de utilizar un escudo de armas. El mismo que desde aquel momento distinguiría a todos los de mi linaje, sería el de ‘los pulgares’ por siempre. Para confeccionarlo, el rey de armas no puso reparo en dibujar todos y cada uno de los atributos que personalmente le solicité. La principal figura sería un león portando en sus garras una lanza y la bandera blanca con Ave María que rezara a la virgen para nuestra protección. Le rodearían los  once castillos simbolizando los que había tomado de manos del enemigo. El lema versaría de este modo:
‘Tal debe el hombre ser como quiere parecer’.
Pero no todo fueron victorias y en uno de los lugares que peor lo pasé fue en Salobreña donde Boabdil hacía muchas semanas que nos tenía cercados. Dentro de la fortaleza, los pozos estaban secos y necesitábamos salir urgentemente en busca de agua y provisiones pero ni el más hábil de los zapadores podría haber escapado de la secreta mina que previamente excavamos sin poner en grave riesgo su persona. A pesar del sufrimiento no me rendí y en un alarde de desprecio les tiré desde lo alto de la muralla el último cántaro seco que nos quedaba. Aquello sirvió para animar a los míos y un valeroso manojo de sediento arrojo consiguió atemorizar al enemigo dejándonos el paso franco.    
Recién cumplidos los cuarenta participé directamente en el que habría sido el día más anhelado para muchos de nuestros abuelos. Y es que ¡Por fin veríamos nuestros reinos libre de la invasión musulmana! Sería el mismo día en el que el último bastión por reconquistar, Granada, se rendiría. El día en que los presentes en semejante acontecimiento vimos llorar a Boabdil.  
Unos días antes, desde el campamento de Santa Fe, me ofrecí para espiar la ciudad. Con poco más de una docena de Caballeros me colé en Granada esbozado en varias capas de andrajos para no ser reconocido. Al llegar frente a la Mezquita no pude más que clavar en su puerta un legajo con la prueba de nuestra violación.
«Sed testigos de la toma de posesión que realizó en nombre de los reyes y del compromiso que contraigo de venir a rescatar a la Virgen María a quien dejo prisionera entre los infieles».
Tentado estuve de prenderla fuego pero la guardia granadina me seguía muy de cerca por lo que solo nos dio tiempo a quemar la Alcaicería. Logramos zafarnos de su garra asesina sin demasiados problemas y salir victoriosos de Granada por las veredas del río Genil galopando hasta el campamento de Santa Fe donde el aroma de una incipiente victoria nos emborrachaba. Aquello como todo lo demás que hice se vio recompensado con el permiso para pintar otro castillo más en mi escudo de armas y la cédula real en la que los Reyes me permitían enterrarme en la mezquita que en cuanto pudiésemos  convertirla en catedral. Así decía esta cédula de los Reyes mis Señores: «Por la presente damos nuestra palabra real de hacer merced a vos, Fernando del Pulgar, nuestro criado, Alcayde del Salar, de heredades y de hacienda en la ciudad de Granada, de honrada sepultura e asiento en la Iglesia Mayor que fuera de ella y plegue a nuestro señor estar reducida a nuestro dominio, la cual dicha merced vos facemos porque entrasteis a pegar fuego a la dicha ciudad de Granada e a la mezquita mayor a tomar posesión por nos de ella poniendo en riesgo vuestra persona».
Cuando la guerra terminó decidí mudarme a Sevilla donde conocí a la que sería mi segunda mujer. Doña Elvira Pérez del Arco me acompañaría hasta el final de mis días y junto a ella escribiría todo lo que a la memoria me vino de las andanzas pasadas. A sabiendas de ello, El emperador Carlos V, nieto de los que fueron mis católicos Reyes me encargó escribir todo lo que supiese y recordase de las hazañas de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán.
Cumplidos los setenta y tres el emperador me quiso como estratega en la guerra contra Francia y aquel revivir de contienda me prolongó la vida casi una década más ya que Dios no me quiso llamar hasta cumplidos los ochenta. Para entonces, mi hijo Rodrigo de Sandoval seguiría lustrando nuestro linaje.
El once de agosto de 1531 dejó mi corazón de latir y mis despojos fueron llevados a la ya catedral de Granada donde mis Reyes me dieron Real licencia de enterramiento.
PD. Para todo el que quisiera saber más de mi vida puede recurrir a la obra de Francisco Martínez de la Rosa quiso ya hace más de siglo y medio hacerme el protagonista de una de sus novelas y doy gracias a mi ciudad natal, Ciudad Real por adoptarme como su ilustre hijo.

Patio de la Casa natal de Hernán Pérez del Pulgar ,el de las Hazañas en Ciudad Real, hoy museo de López-Villaseñor.   Pablo Lorente
Patio de la Casa natal de Hernán Pérez del Pulgar ,el de las Hazañas en Ciudad Real, hoy museo de López-Villaseñor. Pablo Lorente
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