La Asociación Provincial de Hostelería y Turismo de la Federación Empresarial Toledana (Fedeto) en Talavera dice que no lo comprende; muchos talaveranos tampoco, yo menos. ¿Pero acaso lo entienden ellos mismos?
Muchos habrán adivinado que me estoy refiriendo a la rotunda negativa del Ayuntamiento a la ampliación de la temporada de terrazas en la ciudad. Como saben, y yo misma ya he repetido, la petición de los hosteleros viene de tiempo atrás y se ha intensificado con la entrada en vigor de la Ley Antitabaco. Sin embargo, el Gobierno local sigue en sus trece, erre que erre, que no y que no.
Puedo comprender que se teman el aumento de ruidos en la calle, pero sería muy fácil mirar un poco a los vecinos y seguir el modelo que ellos tienen en cuanto a la temporada y horarios de terrazas en temporada no estival. Por favor, que los ruidos en la calle son elevados con o sin terrazas, que las voces que pueden llegar desde estas instalaciones no tienen comparación con la de los vehículos y que la ciudad tiene ya suficientes problemas económicos en sí como para negar una medida que, según los hosteleros, les ayudaría a evitar grandes pérdidas generadas por una Ley sin consenso, una norma más restrictiva que ninguna otra, para variar, una medida de un Gobierno, esta vez nacional, que ha aprendido muy bien a no escuchar ni a sus votantes.
Talavera quiere ser moderna, quiere ser europea, pero sólo mira a los verdaderos modelos cuando le interesa. Es tan sencillo como saber regular. Y les aseguro que vivo en una zona donde podría haber muchas terrazas y yo misma podría notar ese aumento de ruidos.
Eso sí, la generosidad del Ayuntamiento permitiendo pequeño mobiliario es para quitarse el sombrero; pero ¡ojo! ¡Cuidado! No les vayan a cobrar por ello, cada uno tiene su espacio vital y ocupar un poco más puede ser motivo de sacar cuartos. He ahí el ejemplo de las estufas que, por cierto, desde aquí yo tanto agradezco a los hosteleros que sí piensan en sus clientes, aunque se lo pongan tan difícil.
PD: Tengo que decir que estoy ahorrando a diario bastante; claro que preferiría no hacerlo y el dueño del bar al que iba cada día a tomar café, menos.