La crisis griega se ha convertido en la principal preocupación de una Unión Europea volcada en intentar salvar el euro. La moneda única se concibe como el salvavidas que permitirá a los aliados del viejo continente afrontar una tormenta económica, a la que no se acaba de ver el final, al tiempo que garantizará unas expectativas futuras. Pero en Grecia no hay horizonte para preocuparse por el mañana, porque la urgencia del momento concentra todo el interés.
A las puertas de un segundo rescate y en medio de una convulsa situación interna, el resto de los socios europeos miran con extrema inquietud lo que ocurre en el país vecino. A estas alturas, cualquier movimiento en falso puede tener un efecto fatal para el resto de la Eurozona y se vive con la máxima preocupación una posible quiebra del país, que empezó por ser una remota posibilidad y ahora va cobrando fuerza a gran velocidad. Las exigencias de la "troika" formada por la Comisión Europea, el Banco Central y el Fondo Monetario Internacional están contribuyendo a agitar el panorama doméstico del país, pero son, al mismo tiempo, la única oportunidad de encarrilar la grave situación que atraviesa.
El segundo plan de ajuste que se reclama al gobierno de Lucas Papademos se sumaría a las fuertes medidas de recorte ya emprendidas, cuyos efectos están recayendo sobre una población literalmente asfixiada ya, situación que da preocupantes signos de que pueda desbocarse en un levantamiento social. El despido de 15.000 empleados del sector público y la rebaja de un veinte por ciento en el salario mínimo son medidas duras que se aceptan pero que serían todavía insuficientes para que Atenas reciba un balón de oxígeno de 130.000 millones de euros, con los que hacer frente a la apremiante crisis de su deuda. Los deberes que se exigen a Grecia son aún más duros e incluirían una rebaja de las pensiones mínimas, que, entre otras medidas, se estaba abordando anoche en una reunión vital entre el primer ministro griego y los principales partidos políticos.
La Comisión Europea está preparada para cerrar el segundo rescate, si desde dentro del país se dan los pasos que se consideran imprescindibles para devolver a Grecia a la senda de la normalidad económica.
La presión externa e interna y el fantasma de una posible quiebra de un país del euro se miran mientras tanto con enorme dosis de preocupación por sus socios. El miedo al contagio de una eventual ruptura del país heleno se ha convertido en el nuevo canon griego, que a diferencia del clásico resulta tampoco digno de imitar.