La crisis también está golpeando con fuerza al movimiento vecinal y algunas de sus asociaciones están planteándose echar el cierre, según leo hace unos días en La Tribuna. El colectivo se ve amenazado ante la falta de subvenciones y la escasez de ingresos propios. En cualquier ciudad, esta noticia tendría una importancia relativa pero en Talavera el movimiento vecinal, durante los 80 y parte de los 90, llegó a ser una especie de gobierno paralelo al que los alcaldes y concejales consultaban, agasajaban y, sobre todo, respetaban.
En aquella Talavera de Tello y González Madrid el peso vecinal se dejaba sentir en cada decisión municipal, existía diálogo mutuo y, si era necesario, estaba garantizado que los vecinos plantarían cara. Y mucha. Pero claro, estamos hablando de un movimiento que tenía a representantes como Nemesio Crespo, Jesús Engenios o Encarna Barrero, pioneros que supieron hacer causa común y lograr que se escuchara su voz y su criterio cuando las cosas se ponían feas. Pero, ¡ay!, llegó el cambio de siglo y con él, nuevos rostros que no supieron –o quizá no quisieron- mantener la beligerancia que siempre caracterizó al movimiento.
Los vecinos, con algunas excepciones, se fueron doblegando al poder establecido y, como consecuencia, su fuerza se fue diluyendo hasta convertirse, en el mal sentido, en una especie de senado local: un organismo al que se consulta pero al que se hace poco o ningún caso. No hay más que comprobar cómo en las últimas semanas el Ayuntamiento ha hecho oídos sordos ante las reclamaciones de asociaciones como El Parque en el tema de las terrazas de invierno. Algo impensable 20 años atrás.
Es posible que las penurias económicas acaben por llevarse por delante al movimiento vecinal talaverano. Y sería una lástima, porque en ciertas épocas supieron aportar aire fresco al panorama local. Pero lo cierto es que el asociacionismo lleva años herido de muerte por la falta de espíritu y la habilidad de los últimos gobiernos municipales para lograr domesticar su ímpetu.