Cuando uno mira el mapa peninsular donde han pintado con mucho detenimiento y vistosos coloridos los tan traídos y llevados corredores de comunicación, ves de inmediato un gran hueco, un vacío que sale de ojo. Y si te acercas, por eso de la curiosidad, caes en la cuenta de que justo en todo el centro, en el mismísimo centro de ese agujero negro está Talavera de la Reina. ¡También es casualidad, coño! Siempre hemos sido más Extremadura que Castilla, por geografía y corazón, y ahora, justo y junto con la región hermana nos quedamos con el culo a las goteras y cara de gilipollas. Somos Extremadura y con ella están nuestras quejas porque nos han dejado de la misma manera, es decir sin nada y en medio de la nada.
Lo del antiguo camino que por aquí pasaba hacia Portugal debía ser un cuento de viejas al amor de la lumbre. Para Fomento desde hace muchos años somos una ciudad fantasma que se ve desde la autovía número 5 como un lazareto. De no ser así, alguien al menos nos podía explicar por lo particular y de manera sencilla para que lo comprendamos cómo han permitido que esta ciudad con toda su comarca tenga las infraestructuras viarias que tiene, en roman paladino: las carreteras. Perdón. Los jodidos caminos de cabras.
La penúltima es la que nos están haciendo pasar para salir/entrar de esta ratonera cada vez que queremos ir o venir al/del este o al norte por la ruina del puente sobre el río Alberche. Lo tenemos que hacer por Extremadura y en unas filitas muy lentitas que con santa paciencia ordenan los municipales y guardias civiles. Creo que deberíamos grabar todas y cada una de las cagadas que soltamos por la boca los sufridos conductores durante la media hora que nos cuesta la sufrida empresa y mandarlas en cedés al Ministerio en un camión para que al menos no tuvieran los santos cojones de hacernos pasar este calvario dos meses largos.