Fátima Ramos
Hace unos días, me mandaron un evento por una red social de internet, en el que me invitaban a compartir un maravilloso día en el parque de La Alameda con otros jóvenes de la ciudad. Hasta ahí, me pareció interesante la propuesta.
Ya me estaba imaginando yo, un gran picnic en el que compartiríamos opiniones, comida y en el que hasta existiría la posibilidad de reencontrarme con aquella gente que no había vuelto a ver desde hacía mucho tiempo.
Pero a medida que iba leyendo el evento, me iba quedando más sorprendida, lo que yo pensaba que sería un maravilloso día de picnic con otros chicos, resultó que no sería tan día de picnic como yo pensaba.
La invitación, no era para otra cosa que para celebrar la llegada de la primavera, y tal y como me lo vendieron, parecía que había que celebrarlo alcoholizándose hasta no poder más. Todo ese «tinglao» vendría a realizarse el día 19 de este mes, coincidiendo con la fiesta del día del padre.
Entonces yo pensé: A estas alturas, me voy a poner yo a hacer botellón como cuando tenía quince años. Y seguí leyendo.
Lo que se pretende con ese macrobotellón no es otra cosa que desbancar a ciudades como Granada en el ranking de los macrobotellones más grandes del país.
Cuando me paré tranquilamente a pensar en lo que acababa de leer, imaginé que si ese macrobotellón se llevaba a cabo, Talavera saldría en las noticias comarcales como mínimo, y me dio pena.
Reconozco que en mi adolescencia hice botellones, que molestaba a la gente, que no recogía las botellas vacías y que me emborraché, como todo el mundo en algún momento de su vida, pero me dio pena pensar que mi ciudad saldría en la tele, no por tener una Basílica peculiar, ni por ser la madre de la cerámica, ni por tener una Semana Santa de las más bonitas de la comarca, sino porque en un parque se había hecho un macrobotellón numerosísimo y porque había habido «nosecuantos» comas etílicos.
Yo he sido adolescente, y he vivido el botellón en todas sus versiones, desde el punto divertido y barato, hasta el punto de beber porque tocaba, ahora incluso puedo decir que lo estoy empezando a padecer, en cuanto a que es ahora debajo de mi ventana, donde unos adolescentes hacen lo que yo hacía tiempo atrás, pero entonces, ni pensaba que pudiera molestar, ni pensaba que era una alternativa absurda al encarecimiento de las copas, ni pensaba nada.
Ahora que ya soy un poco más mayor, puedo entender a todas las partes que viven y sufren este fenómeno. Por un lado, entiendo a los que no se pueden permitir pagar el precio de las copas en un bar, y en cierta manera deciden reivindicarlo haciendo botellón, porque yo en su momento también lo hice.
Entiendo a los que beben porque toca, porque se ha terminado la semana de insti y porque el finde no se hace otra cosa más que botellón. Entiendo a los que sufren las molestias de las voces que pegan los que se están divirtiendo, mientras tú en tu casa intentas ver una película, estudiar o dormir, y entiendo a esos padres que están en casa metidos en la cama, pero despiertos hasta que el niño o la niña llega a casa y pueden estar tranquilos de que otro día más ha superado los peligros que entraña la noche.
Según leía el evento me daba la sensación de que los jóvenes buscamos cualquier excusa para beber, y que no sabemos hacer otra cosa que no sea emborracharnos.
Ahora que tengo la oportunidad, puedo decir que no, que aunque no se suela ver mucho, los jóvenes sabemos hacer otras cosas, nos interesamos por la cultura, vamos a exposiciones, al cine, al teatro, visitamos museos, viajamos por el mundo conociendo culturas...
También nos preocupamos por nuestro futuro, queremos cada vez más formarnos en una carrera universitaria, encontrar un trabajo y poder dejar de ser una carga económica para nuestros padres.
Nos gustaría poder cambiar el mundo muchas veces, y nos gustaría, a veces, que no cambiara nunca.
Los jóvenes a veces somos alocados, impulsivos, pero otras podemos llegar a ser mucho más adultos que un adulto, nos hacemos responsables de nuestras propias actuaciones y respondemos con más entereza ante ellas que cualquier adulto en su plena capacidad.
A los que han sufrido o sufren el botellón, los pido disculpas porque en algún momento pude ser yo la que los molestara, y les pido que piensen que algún día los que ahora se divierten debajo de sus ventanas, entenderán que molestan y dejaran de hacerlo. Mientras tanto,
¡paciencia!
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