Entre las cuatro paredes de su casa y el único contacto con el exterior que le proporciona el teléfono e internet, Luis García García permanecerá diez días en cuarentena. Es el periodo recomendado por las autoridades sanitarias para descartar que sea un caso más de gripe porcina. Regresó a Talavera el miércoles desde México D. F. y ayer mismo por la mañana fue evaluado en el Hospital Nuestra Señora del Prado. Ya respira tranquilo: los análisis han concluido que no tiene el virus, aunque el protocolo recomienda que evite relacionarse con otras personas hasta el próximo día 9, cuando podrá abrazar por fin a su mujer y a su hija, que no ha visto desde que volvió a España.
Este talaverano, de 41 años y responsable de tecnología en la zona norte de Latinoamérica para la compañía Media Planning, ha vivido en carne propia la alarma que ha despertada la llamada ‘influenza’ en México; tanto, que no ha desaprovechado la oferta de su empresa para volver a casa hasta que se restablezca la calma. Afirma que el detonante de su marcha no fue la gripe, sino el fuerte seísmo que sacudió la capital el lunes y que le pilló en una planta 25. «Tenía dudas, pero cuando pasó lo del terremoto me dije: ‘Me voy a España’». Dicho y hecho.
Aterrizó el miércoles en Barajas y desde esa fecha permanece aislado para eludir cualquier posible contagio. «Es algo que haces por sentido común, para evitar que puedas afectar a alguien, aunque yo, hoy por hoy, estoy bien», relata a La Tribuna en conversación teléfonica, a las pocas horas de estar de regreso del Hospital y de desaconsejar una entrevista en persona. «Me tengo que mantener a distancia y con el tapabocas», aclara.
Ayer por la mañana comenzó a sentirse mal, «como mareado y con sudor frío», y llamó al 112. Una ambulancia le trasladó al centro sanitario para evaluar su caso y relata el nerviosismo latente entre el personal, que incluso le metió en una habitación cerrada con llave. «Creo que era la misma en la que dejan a los presos». «Se han portado muy bien, aunque me he sentido como ET», recuerda con gracia sobre la vestimenta de los médicos y el dispositivo de seguridad creado casi en el acto. En apenas 24 horas, desde que aterrizó en Barajas, no ha dejado de verse como un extraterrestre. «Me he sentido como un apestado al llegar a España», asegura, sobre las miradas y algunos desagradables comentarios que oyó en el aeropuerto por su delatadora mascarilla.
Realmente, podría decirse que su aventura se inició nada más bajarse del avión. Le sorprende que en Barajas ningún médico le hiciera un reconocimiento. «Sólo anotaron la dirección donde íbamos a estar en los próximos diez días, el número de pasaporte y el asiento», asegura. El tratamiento le chocó, aunque en su cabeza ya tenía claro que él mismo tomaría precauciones, y que pasaría esta primera semana solo.
«Mi familia vive en Madrid, así que yo decidí volver a Talavera para estar lo más aislado posible». Hasta ha tenido en cuenta los mínimos detalles para no dejar un posible rastro de afectados: dio una mascarilla al taxista que le llevó a su domicilio en Tres Cantos y recogió la llave de su coche en conserjería. Desde hace dos días trabaja por internet y se mantiene al tanto de lo que pasa en México y de cómo están sus compañeros. Antes de que llegara a su casa de Talavera, sus suegros le llenaron la nevera «como para una guerra». Así que ahora lo único que puede hacer es esperar. «Estoy como un rey, pero sin reina ni princesa», comenta entre risas sobre la ausencia de su mujer y de su hija, de 3 años.
«He tenido la mala fortuna de estar en el peor sitio en el peor momento, pero eso no significa que esté enfermo», recalca. En diez días hará su vida normal. ¿Volverá a México? «Tendré que hacer lo que diga mi empresa». De momento, puede transcurrir un mes. El billete tiene abierta la vuelta, y la gripe pasará.
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