El presidente del PP, Mariano Rajoy, ayer durante la sesión de control al Gobierno en el Congreso.
Por más que al Gobierno le hubiera convenido, lo cierto es que el calor del verano no ha sido bastante para derretir la crisis económica, ni tampoco para aliviar la soledad parlamentaria del PSOE, de modo que ayer la primera sesión de control tras el paréntesis vacacional fue un remedo casi calcado de las que se vivieron justo antes de que el Congreso echara la persiana estival.
En un ambiente, no obstante, algo menos crispado de lo que era usual, el líder del PP, Mariano Rajoy, volvió a reprochar a los socialistas las mismas cosas que les echaba en cara allá por julio, es decir, el «despropósito» de su política económica y que haya pasado «de no hacer nada a hacer una cosa, a hacer la contraria y luego la contraria de la contraria».
Tal actitud crítica del líder de la oposición mereció el inmediato reproche del jefe del Ejecutivo, José Luis Rodríguez Zapatero:«Ha vuelto usted exactamente igual que se fue de vacaciones, y me parecía que sus palabras, e incluso alguna de sus frases, eran las mismas exactas de las que formulaba en el Debate del estado de la Nación». «Yo estoy igual que antes del verano porque el paro ha aumentado y porque el crecimiento económico de España sigue disminuyendo», replicó el líder popular.
Con tal panorama, la única y muy relativa novedad que pudo apreciarse en el Hemiciclo vino de la mano de la necesidad del Gobierno para encontrar aliados que le permitan aprobar los Presupuestos de 2011 y, de paso, le garanticen otro año más de supervivencia política.
Tal y como quedó apuntado meses atrás, las intenciones del inquilino de Moncloa son que los votos del PNV le saquen las castañas del fuego, no importa si en la maniobra perece el pacto entre Patxi López y el PP, primer pago que exigirán los nacionalistas a cambio de sus votos.
Así lo dejó entrever con claridad Zapatero cuando explicó a los diputados jeltzales que ellos tienen «bastante que decir» en el diseño de las cuentas públicas para 2011.
Habida cuenta de que serán los vascos quienes a la postre determinen el sesgo final de los Presupuestos, el líder socialista apenas pudo ayer anticipar nada al respecto y se limitó a asegurar que «estarán en la línea de cambiar el modelo productivo, hacerlo más competitivo, innovador y mejorar la educación, especialmente en el ámbito de la Formación Profesional y el grado medio».
Además, subrayó que los Presupuestos prevén una reducción del gasto del 7,7 por ciento y que los ministerios reducirán una media del 15 por ciento sus asignaciones, «preservando las relativas a I+D+i y a educación».
Al respecto, Rajoy reclamó al jefe del Ejecutivo que «no cambie votos para mantenerse en el poder por unas transferencias», en referencia a las onerosas concesiones al PNV que serán necesarias para asegurar su respaldo a los Presupuestos.
El máximo dirigente de la formación de Génova emplazó a Zapatero para que hoy mismo, en el debate definitivo sobre la reforma laboral, apoye las 70 enmiendas que su grupo presentó y el PSOE no aceptó, y le pidió que ponga en práctica de inmediato la proposición aprobada ayer en la que se pide que las pymes y los autónomos puedan aplazar el pago de impuestos para compensar la morosidad de las administraciones públicas. Por último, Rajoy le recordó al socialista la huelga general de próximo día 29, que tiene en contra a empresarios y a sindicatos, y le reclamó que ponga «un mínimo de orden en su Gobierno».
Tras el enfrentamiento de los primeros espadas fue el turno para la vicepresidenta De la Vega y la popular Soraya Sáenz de Santamaria, que sostuvo que, tras liquidar incluso su discurso social, al Ejecutivo «se le acaba el tiempo». En su contestación, la número dos del Gabinete recriminó al PP su «ansia de poder», una crítica que dio paso a las alusiones de la conservadora al «cesante» ministro Corbacho, que no estuvo ayer presente en la Carrera de San Jerónimo.
Sáenz de Santamaría tuvo también un «cariñoso» recuerdo para Trinidad Jiménez, porque mientras apuntaba que la ministra de Sanidad «anda de primarias» en Madrid, pudo constatar que no estaba sentada en su escaño, sino de pie a algunos metros, en animada conversación con José Blanco. En medio de un socarrón murmullo generalizado, ambos dejaron inmediatamente de hablar y Jiménez volvió a su sitio, sin perder la sonrisa pero haciendo gestos de queja al sentirse afeada.
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