Fue un joven estudiante de Teruel, que respondía al nombre de Justo Zapater Jareño, el que encontró en su ciudad una primera edición del Quijote. La adquirió y la donó a la Biblioteca Nacional en 1865, tal y como cuenta el que por entonces era el director de la institución, Juan Eugenio Hartzenbusch, conocido por ser el autor de "Los amantes de Teruel".
Por entonces la Biblioteca Nacional no contaba con ningún ejemplar de la primera edición del Quijote, aunque el viejo índice reflejaba que antiguamente sí había atesorado uno de esos volúmenes y que luego había desaparecido. La Biblioteca sólo tenía, por tanto, ejemplares de la segunda edición, que también se publicó en 1605, apenas unos meses después de la primera.
Las portadas de las dos ediciones son casi idénticas... y ahí estuvo la clave para el descubrimiento. Mediante el procedimiento foto-cincolitográfico se reprodujo la primera página de la segunda edición y se exhibió por toda España. El estudiante de Teruel la vio, le recordó una que había visto en una casa de la ciudad, la buscó, la compró e intuyendo que era una pieza de gran valor se la ofreció generosamente a la Biblioteca Nacional. Por si alguna vez el lector encuentra también "casualmente" un Quijote de 1605, debe saber que la diferencia en las portadas está en que en la parte inferior de la primera edición está impreso "Con privilegio" y en la segunda edición se añade "Con privilegio de Castilla, Aragón y Portugal".
El Quijote encontrado por el estudiante de Teruel es una de las obras que ha decidido ahora mostrar al público la Biblioteca Nacional en una exposición que conmemora el 300 cumpleaños de esta institución que se celebra este 2012. La muestra permite así conocer la historia que ha vivido cada uno de esos libros y no sólo la que está escrita en sus páginas.
Del Quijote se expone también la reproducción en facsímil de la primera edición de las dos partes de la novela de Cervantes que se publicó en 1871 y 1874. El proyecto en este caso fue impulsado por el coronel y geógrafo catalán Francisco López Fabra, aunque contó con la colaboración activa de Hartzenbusch. La idea era hacer posible que todos los españoles tuvieran acceso al Quijote tal y como éste vio la luz en tiempos de Cervantes. De esta reproducción se imprimieron 1.605 ejemplares para España y otros 1.000 para países extranjeros. La exposición también ha hecho hueco a una edición más moderna de la obra del Quijote, ya que data de 1946. La curiosidad es que es una edición en corcho, obra del librero y editor Francisco Beltrán.
los tachones de buero vallejo. La exposición de la Biblioteca Nacional también permite conocer cómo trabajaban algunos autores como el dramaturgo de Guadalajara Antonio Buero Vallejo. De su obra El concierto de San Ovidio se muestran tres manuscritos. El primero son cuarenta hojas sueltas de la fase de "documentación", sobre el contexto histórico, la caracterización de los personajes o la ambientación de las escenas. El segundo es el borrador de la obra, lleno de tachones y correcciones al margen. El tercero es ya la versión limpia.
Gracias a todo el proceso se sabe que Buero Vallejo cambió de opinión; primero la obra iba a dividirse en dos partes y luego se separó en tres actos. Curiosamente lo que no conserva la Biblioteca Nacional es la copia a máquina de escribir que el autor alcarreño solía hacer.
Por 25 pesetas de las de 1896, el director de la Biblioteca Nacional, Manuel Tamayo Baus (dramaturgo autor de "Locura de Amor") adquirió el "Libro de los gorriones", el cuaderno de las rimas escrito por Bécquer con su puño y letra. Fue la viuda de un amigo del escritor, Ramón Rodríguez Correa, quien ofreció el manuscrito que se escribió en Toledo. Éste en sí era una segunda versión. Bécquer preparó un primer manuscrito para sus rimas que desapareció en el saqueo del domicilio de su mecenas, el ministro Luis González Bravo. Los amigos del escritor sevillano le insistieron a que reescribiera las Rimas de memoria. Y así lo hizo en casa de su hermano Valeriano, en Toledo.
Las primeras páginas del cuaderno conservan la leyenda incompleta de "La mujer de piedra". Después de otras 500 páginas en blanco, aparecen las "Rimas". Hoy en día, en Toledo se sigue pensando que las golondrinas a las que cantó Bécquer eran las que anidaban en el patio de su casa en un callejón de la ciudad.
Más antiguos son "Los doce trabajos de Hércules", obra de Enrique de Aragón, que nació en 1383 en Torralba (Cuenca) y fue maestre de la Orden de Calatrava. Por sus venas corría sangre real, porque era hijo de Juana de Castilla, hija ilegítima de Enrique II, y del condestable de Castilla, Pedro de Villena. Pero en la Biblioteca Nacional no está por su pasado, sino porque la edición que se conserva de "Los doce trabajos de Hércules" es un incunable. Es decir, uno de los primeros libros hechos por imprenta en España.
Salió en 1483 de un taller zamorano con la innovación de que los once grabados eran de origen nacional. Ahora en 2012 sólo se conservan siete ejemplares, tres de ellos en Estados Unidos y dos en Reino Unido. En España quedan otros dos, uno en El Escorial, y el otro atesorado -y ahora expuesto- en la Biblioteca Nacional.
Las Cantigas de Alfonso X que guardaba la Catedral de Toledo
La Catedral de Toledo atesoraba un códice de las Cantigas de Santa María de Alfonso X considerado muchos años como el más antiguo que se conservaba. Últimos estudios lo fijan como una copia de finales del XIII o principios del XIV de una primera compilación de las Cantigas (Alfonso X murió en 1284).
Las Cantigas estuvieron guardadas en la Catedral de Toledo hasta 1869, cuando la "desamortización cultural" permitió al Estado incautarse de estos documentos. También de la Catedral toledana, la Biblioteca sacó el "Misal Rico" del cardenal Cisneros, en el que trabajaron iluminadores de la corte de los Reyes Católicos, o una lujosa edición de "I Trionfi" de Francesco Petraca.